Desde el otro mundo… el Viejo Mundo

Por Laura Martínez Alarcón.

Mucho más que cincuenta números

Hay pocas revistas en el mundo que se elaboren con tanto cariño y dedicación como Ritos y Retos del Centro Histórico. Cada uno de sus cincuenta ejemplares ha sido concebido como si se tratara del primero, con el mismo tesón del día número uno.

 

Para quienes tenemos el honor de colaborar con esta entrañable publicación resulta curioso que una revista dedicada al centro histórico de la Ciudad de México, uno de los más emblemáticos del mundo, nos brinde en cada una de sus páginas la oportunidad de encontrar algo nuevo por descubrir. Curioso porque, al haber nacido y crecido en la que fuera “la región más transparente”, deberíamos conocerla como si de la palma de nuestra mano se tratase. Pero no es así. Cada número de Ritos y Retos nos ilustra con alguna leyenda colonial o la historia de un palacete que estuvo a punto de desaparecer y ha sido recuperado; nos deleita con algún rincón gastronómico del centro o nos hace conocer a alguno de sus muchos personajes. Para quienes estamos lejos de México, Ritos y Retos nos permite estar cerca de las calles que amamos, de los sabores que echamos de menos, de los edificios que encierran miles de anécdotas.

Al vivir en Europa, en este Viejo Mundo hoy tan globalizado, donde las ciudades se parecen cada día más y sus habitantes consumen de manera más similar, las páginas de Ritos y Retos nos permiten recordar la materia de la que estamos hechos, de dónde venimos y cuál es nuestra herencia cultural. La misma que habita en cada uno de nosotros; que revive en las tradiciones y costumbres de los pueblos; que se deja ver en los edificios y las plazas de muchas ciudades de nuestro país. ¿Cuántos centros históricos del mundo, por ejemplo, pueden presumir de alojar, en una sola calle, la primera Universidad, la primera Casa de Moneda y la primera imprenta del continente americano? Esto y más es lo que echamos de menos de una calle como la de Moneda, una de las más antiguas de América. ¿Y cuántos pueblos hay que puedan tocar sus raíces prácticamente con la mano y a plena luz del día? Sólo hay que situarnos en la Plaza de Seminario y tras una ojeada de 360 grados es posible reparar en ello. Basta con cerrar los ojos y recorrer con la memoria ese punto que abarca el recinto arqueológico del Templo Mayor, fruto de nuestro pasado indígena; la Catedral Metropolitana, que nos remite a los lazos con España y la esencia mestiza y criolla, y a lo lejos, la Torre Latinoamericana y los nuevos rascacielos de la avenida Juárez, muestra del México más moderno y progresista.

¿Qué es lo que añoramos de la capital mexicana y de su viejo centro, viviendo en una ciudad tan hermosa como Madrid? ¿Arquitectura señorial? Aquí la hay y a montones; lo que ocurre es que los ojos nos piden ver un poco de tezontle y cantera armonizando la fachada de una casona virreinal; el alma nos pide tropezar con los vestigios arqueológicos de algún templo azteca junto a una iglesia barroca que encierre, en si misma, una espectacular piedra de sacrificios o el trozo de una pirámide. Echamos de menos el ir y venir constante del Zócalo, la tercera plaza más grande del mundo; ese ruido que parece no terminarse nunca, ese paso obligado de miles, millones de personas que tienen que “arreglar algún asunto” en el centro. A pesar de sus defectos y gracias a sus virtudes, el centro histórico de la ciudad de México sigue siendo un espacio que nos seduce a la distancia, que nos obliga a recordarlo con frecuencia.

¿Acaso extrañamos la buena cocina del viejo centro en un país donde se come tan bien? En parte, sí. Nadie pone en tela de juicio la extraordinaria calidad y sabor de la gastronomía española, de sus jamones ibéricos y sus cocidos madrileños, tan de agradecer en épocas de frío. Pasear alrededor de las chocolaterías es una delicia, lo mismo que entrar en sus numerosas tabernas donde siempre encontraremos una sabrosa tapa al lado de una copa de buen vino español. Lo que sucede es que el cuerpo nos pide un chocolatito caliente acompañado de un plato de natas frescas y pan recién horneado departiendo en la generosa mesa de Lupita y José. Y como aquí a nadie se le ocurre probar bichos, nos hace falta evocar el sabor de los escamoles y los gusanos de maguey. ¿Cómo se puede vivir sin unos ricos huevos rancheros con frijoles de la olla?

Por todo ello, Ritos y Retos del Centro Histórico es mucho más que una revista que cumple 50 ejemplares. Es una publicación que nos acerca a quienes estamos lejos y nos obliga a valorar los pequeños placeres de los que esta forjada nuestra existencia.

Gracias a la revista de Guadalupe Gómez Collada y José Enrique Bravo, y de todo un equipo entusiasta y trabajador, no podemos olvidar un espacio que, decíamos líneas arriba, nos seduce siempre al revelar las múltiples formas en que coinciden las huellas de los siglos y de nuestra historia. Es probable que sus creadores no lo imaginen, pero cumplir 50 volúmenes de Ritos y Retos es más que un aniversario para muchos de sus lectores.

“Siempre hay algo nuevo que aprender”, es la frase favorita de Guadalupe. Yo agregaría algo más. Con cada número de Ritos y Retos del Centro Histórico siempre se aprende algo nuevo y nunca se olvida la esencia de la que estamos hechos. ¡Feliz aniversario y hasta la próxima!

Esta colaboración se escribe desde Madrid. En ella, procuraremos compartir con los lectores lo que tenemos en común y lo que nos distingue a los mexicanos y a los españoles; les daremos a conocer historias de éxito de muchos mexicanos que han emigrado a España, pero que no han perdido sus raíces, y, desde luego, les informaremos de novedades culturales y noticias de interés para quienes vengan a visitar este espléndido país. Si a usted le interesa alguna información en particular, no dude en escribirnos: Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla