Navidad y fin de año... La gastronomía de la convivencia

Por Jesús Rodríguez

Hace días, escuchaba por la radio a un grupo de especialistas que HACÍAN una serie de propuestas para enfrentar esta tan sonada crisis global.

 

Yo diría que mas que crisis, es una etapa de transición hacia cosas que se están regenerando o acomodando y que más que asustarnos, nos obliga a estar más preparados para insertarnos en el modelo en construcción.

Tal vez usted se pregunte ¿qué tiene que ver esta reflexión con la gastronomía? Mucho le diré, por que una de las crisis de las cuales se hacía mención precisamente era la alimentaria. Hoy día, según varios especialistas en el mundo no hacen falta alimentos, sino amor, ya que no hemos logrado ser lo suficientemente humanos como para compartir éstos de manera justa.

¿Será la proximidad al fin de año? ¿Será el estado reflexivo que nos implica esta necesaria transición? O será el sereno (como decía mi abuela) pero, es un buen momento para hablar de convivencia y comida en esta temporada de Navidad, cambio de año y, por supuesto, de crisis.

Uno de los especialistas que conversaban en la radio proponía la recuperación de valores que hemos dejado de lado. Los valores cuya escritura se da con el prefijo co como inicio. Mencionaba: colaborar, convivir, cooperar, coordinar, coadyuvar, conseguir, entre otras cuyo significado no es mas que hacer las cosas en conjunto.

Una de las palabras que más me llamó la atención fue: compartir. Misma que me hizo pensar ¿Qué compartimos? ¿Cuándo compartimos? ¿Para qué compartimos? ¿Cómo compartimos?

Compartimos la alegría, los logros, los fracasos, la tristeza, e incluso el dolor; Lo hacemos cuando el espíritu se acerca al significado amoroso y humano que lo conforma. Lo hacemos para sentirnos bien, no hay de otra. Y lo hacemos dando significado al verbo que expresa esta acción: partimos de lo que tenemos, sea tangible o intangible, lo ofrecemos.

Recuerdo una ocasión en que tuve la oportunidad de convivir con un reo de la Colonia Penal Federal Islas Marías. El joven de 25 años, preso por pasar en su carga de quesos un paquete que “le habían sembrado” me dijo: “Amigo, Usted se ha acercado a mí como cualquier ser humano sin juzgarme, me ha contado muchas cosas de lo que sucede en el continente y yo lo único que puedo hacer a cambio es compartir la historia de mi vida como único pan sobre la mesa”. No había mesa, ni comida, pero ése fue uno de los mejores manjares que haya saboreado y agradecido en toda mi existencia.

¿En que radica la importancia de esta serie de pensamientos que sustentan las líneas del artículo de ollas, comales y fogones para diciembre del 2008? Y que, por cierto, tengo el privilegio de compartir con ustedes: radica en el sentido que da sabor a las cosas, a los alimentos y a la vida misma, en su elemento más sublime: compartir.

Se comparte la cena de Nochebuena, el pavo del día último del año, los cucharones de rico ponche humeante en los jarritos panzoncitos de barro para las posadas. Se comparte cuando se rompe la rebosante piñata (que deja de ser divertida cuando el niño gandalla se abalanza sobre el cadáver de la misma), que aún malherida, chorrea tiras de papel de china y expulsa toda su riqueza en cañas, cacahuates, naranjas, limas, jícamas, tejocotes, y cualquier otra bondad retacada en su panza de barro.

Este valor se ejerce de manera especial en el mes de diciembre. Por ejemplo: el día primero del mes es el Día Internacional de Lucha Contra el SIDA, que nos hace reflexionar acerca de la enorme colaboración social que se necesita para frenar el impacto de esta pandemia. También tenemos celebraciones religiosas tan relevantes como el 12 de diciembre, día de Santa María de Guadalupe, misma ocasión que conjuga en todo su esplendor el verbo compartir, y para confirmarlo, basta acercarse ese día a la Calzada de los Misterios y ver como cientos de personas llevan agua, alimentos, cobijas para ofrecer a los millones de peregrinos que llegan a los pies de la guadalupana en un ejercicio de milagrosa fe.

Podemos ver como durante las nueve posadas, la gente ofrece lo mejor que tiene. Habrá quien pueda financiar la piñata y quien se ofrezca para dotarle del alegre contenido que le da sentido a su existencia. Habrá quien haga un ollón de ponche y quien, junto con otros familiares o vecinos, se encargue de los aguinaldos. No siempre se trata de valor material o económico, en estos casos, todos, chicos y grandes, “le entran” a la organización de las festivas posadas. Yo por ejemplo, de niño, me ponían a contar las colaciones, los cacahuates, los silbatos, las luces de bengala, y todo aquello que se repartía por partes iguales a los concurrentes; otro grupo de amigos de la palomilla de escuincles, amarraba las bolsas de celofán, mientras los más grandes (de 16 años) sostenían la piñata mientras el ¡dale dale dale! volvía mágicas las frías noches de diciembre.

Al terminar las posadas, donde por cierto se pide u ofrece posada, la convivencia se va haciendo cada vez más cercana entre seres queridos. Ya para las cenas de Nochebuena y del día 31 se reúnen, en torno a la mesa, los seres queridos más cercanos.

Para ese momento, el verbo compartir ya se ha conjugado y vuelto a conjugar. El pensamiento de las benditas mujeres que han preparado la cena, ha recorrido no solo las calles de los mercados y los ultramarinos del Centro buscando adquirir los mejores ingredientes y han repasado amorosamente la lista de los seres para los cuales cocinarán poniendo el amor como su mejor ingrediente mientras, al compás de las enormes cucharas y el humo de los guisos, también repasarán nostálgicamente la lista de quienes han partido a lo largo del año que termina..

En estas fechas uno se alimenta no solo de los deliciosos y ricos platillos navideños como los romeritos, el bacalao, la ensalada navideña, el pavo relleno, la capirotada, los buñuelos, entre otras delicias que conforman el patrimonio gastronómico decembrino de México, también nos alimentamos de recuerdos y de proyectos para el siguiente año, nos alimentamos de abrazos, de buenos deseos y de esperanza por que este año sea mejor que el anterior.

Compartir se resume en ofrecer lo mejor de sí, en agradecer a quienes nutrieron con su presencia nuestra experiencia en el año que termina. Por eso partimos los alimentos y los gozamos en conjunto.

Recuperando el sentido de la celebración religiosa de la Navidad, recordemos que, según la tradición, alguien ofreció un humilde pesebre a María y José, pesebre en el cual nació Jesús, quien a su vez, recibió presentes de tres reyes de reinos lejanos. ¿Qué mejor símbolo que ese? Jesús que ofrece su luz a todo el mundo, y a su vez, recibe regalos de Melchor, Gaspar y Baltasar.

Sea entonces éste mi más grande deseo para usted y sus seres queridos en estas fechas. Que su valor de compartir sazone y dé el mejor sabor a esta vida, por que ¡vaya que lo merecemos¡ y como reza el proverbio árabe: Que lo mejor que le sucedió el año pasado, sea lo peor que le suceda este que está por llegar.

Un afectuoso abrazo y mi más sincero agradecimiento por darme el privilegio de compartir con ustedes éste gusto tan grande que tengo por la vida y la comida.

¡Feliz Navidad y un 2009 lleno de luz y salud!