Templo del antiguo hospital de san antonio abad

Pedro Carrillo Camacho

En la antigua calzada de Iztapalapa, que todos conocemos como San Antonio Abad en la esquina con el Callejón del mismo nombre se encuentran los restos de lo que fuera uno de los hospitales más importantes de la Ciudad de México.

 

Procedentes de Burgos, España, los Canónigos Regulares de San Agustín del Instituto de San Antonio Abad llegaron a México en 1628, poniendo la primera piedra de su hospital el 3 de abril de 1687.

Por tratarse de un hospital que atendería a enfermos de lepra y otras enfermedades semejantes les fue autorizado construirlo fuera de la ciudad, instalándose en el límite sur de la ciudad, en donde construyeron convento y templo para atender principalmente a los enfermos del “Fuego de San Antonio”.

También conocido como "fuego del infierno" o "fiebre de San Antonio", es una enfermedad causada por la ingesta de alimentos contaminados por ciertos hongos que producen envenenamiento, alucinaciones*, convulsiones y contracción arterial, necrosis de los tejidos y la aparición de gangrena, principalmente en las extremidades que finalizaba en una muerte súbita.

Los Antoninos fueron desalojados del conjunto hospitalario en la primera mitad del siglo XIX. El convento y el templo fueron vendidos a particulares siendo usados como viviendas y fábrica de hilos. En 1844 se vendió el edificio al francés José Faure, que incluía la casa del Capellán y después hasta el mismo Templo, todo ello en 17,000.00 pesos.

Los Antoninos

En el año de 1095, se creó la orden religiosa de los Antoninos en un lugar del Arzobispado de Viena. Fue fundada por dos nobles caballeros que hicieron una promesa al haber sanado de lepra, enfermedad que en esa época, además de terrible era incurable.

Al crearse la orden los Antoninos, su misión primordial fue la de socorrer y cuidar a los enfermos, no sólo de lepra, sino de cualquier otro mal.

Los Antoninos no vestían hábito alguno, y eran reconocidos por una “T” de color azul que llevaban impresa en sus capas. Tampoco hacían votos eclesiásticos y su única misión era recoger cualquier enfermo y cuidarlo en su convento, que hacía las veces de hospital.

Pero su mayor mérito era que todo ello lo hacían con recursos que adquirían de la caridad, ya que ellos no contaban con bienes propios, y de la caridad vivían y de la caridad cuidaban a sus enfermos.

En el año de 1208 el papa Inocencio III les concedió vivir bajo las reglas de San Agustín y les dio a gozar de innumerables prerrogativas y privilegios. En uno de ellos les autorizó a recoger limosnas de toda la cristiandad. En otro caso, les autorizó a construir sus propias iglesias sin pagar diezmos.

El Templo

De todo el conjunto hospitalario, solo se conserva el sencillo y pequeño templo que es de una sola nave.

En la fachada sobresalen su sencilla y austera portada y el pequeño campanario. La portada es de dos cuerpos y sobre el acceso destaca un sencillo nicho con venera entre dos pilastras de estilo dórico con estrías. Sobre el nicho se pueden apreciar dos hiladas de cantera inclinadas que parecen formar un tímpano triangular muy apuntado, a sus lados dos pequeñas ventanas que debieron iluminar el pequeño coro. Toda la fachada está rematada por un gran tímpano triangular.

Los altos muros perimetrales del templo de piedra desnuda están reforzados por contrafuertes.

Desafortunadamente, este templo, de gran valor histórico y arquitectónico ha sido abandonado por mucho tiempo. Hace unas décadas fue atendido por la Secretaría de Desarrollo Urbano del gobierno federal pero fue nuevamente abandonado sin dársele un uso adecuado, volviendo al abandono total.

Sería muy importante, que este valioso inmueble fuera total y adecuadamente restaurado y se le diera un uso digno para la comunidad de la zona y para la ciudad. Creemos que el Templo de San Antonio Abad debería integrarse al proyecto de mejoramiento de la Plaza de Tlaxcoaque que realizará el gobierno capitalino. Esto permitiría rehabilitar una de las zonas más antiguas de la Ciudad de México y rescatar nuestro valioso patrimonio del olvido y desinterés de las autoridades locales, federales y de la población en general.