La Gastronomía de la Ofrenda de Muertos, Recuerdo Amoroso para Nuestros Difuntos...

Por Jesús Rodríguez

La comida guarda un entrañable lugar en nuestro repertorio amoroso  y sentimental.

 

¿Cuantos reyes no murieron envenenados víctimas de envidias palaciegas disfrazadas de pasión?  ¿Cuantas manzanas se comió Eva en compañía de Adán?  ¿Cuántos fragmentos de pan  ofreció Jesús en su última cena como muestra de amor al mundo? ¿Cuántos lechones ordenó Cortés que fuesen asados en Coyoacán para celebrar la caída de los mexicas?  ¿Cuántos chiles en nogada se prepararon en el convento de  Santa Clara de  Puebla para el ejército Trigarante como manifestación  de aprecio por su hazaña? ¿Cuántos volovanes comió Doña Carmelita Romero Rubio el día en que abordó en Veracruz el buque Ipiranga, que la llevaría al exilio en compañía de su esposo el general Porfirio Díaz…?

Comer, es una necesidad primaria; estar triste, a veces, es necesario; ser feliz es una opción ¡única!, pero morir es un precepto elemental e inaplazable. Nacemos para morir y en esta experiencia de vida, en este viaje, la comida siempre nos acompaña.

Para México la comida y la muerte han sido temas en común a través del transcurrir del tiempo. Los pueblos indígenas de Mesoamérica fueron herederos de un conocimiento que transmitieron, durante siglos valiéndose del uso de la mente, el corazón y el estómago. Sus enseñanzas manifestaban una forma de entender el mundo que implicaba la muerte como equilibrio absoluto de la vida y que en mucho se materializaba y volatilizaba por medio de los alimentos; expresiones que se enriquecieron ante la llegada de los europeos tomando matices sincréticos que persisten hasta nuestros días.

Según nuestro legado oral e intangible de tradiciones, rituales y costumbres, si Usted, como mortal, nunca se dio el tiempo para halagar en vida a sus seres queridos, cada año, la existencia nos reconforta con nuestro tradicional Día de los Muertos. Este es un gesto amoroso-culinario que nos permite dar todo el amor a nuestros fieles difuntos, alimenta nuestro espíritu y, de paso, nuestro estómago.

En México, las tradicionales ofrendas de muertos, su gastronomía, elementos, simbolismo, olores, colores y sabores son uno de los grandes valores culturales de esta tierra. Es menester recordar que la UNESCO, en noviembre de 2003, otorgó el nombramiento de Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad a la Festividad indígena dedicada a los muertos en México, un gesto universal de reconocimiento al valor importantísimo que, con su paso por este plano terrenal, han aportado los pueblos indígenas en la conformación de nuestra cultura.

¿Quién puede negar que los mexicanos somos hijos de la muerte? Y no es el caso que nos riamos de ella, más bien la vemos distinto, la gozamos, la caricaturizamos (por miedo quizás) y hasta la comemos.

Más bien, invitamos a nuestros muertos a comerse a la muerte y, por supuesto a comer en nuestros hogares, esos hogares en que tanto se les amo.

Para describir mejor esto, situémonos en una casa del Centro Histórico de la ciudad de México un día del mes de las mejores lunas, o sea de octubre.

Algo pasa en los mercados que merced a su memoria cultural comienzan a surtir sus huacales con los alimentos para la ofrenda de este tan espacial día. Parece que sacaran para estas fechas un tesoro celosamente guardado durante todo un año.

En los puestos de los mercados de la Merced, Jamaica, San Juan, entre otros (del centro) aparecen los montones de camote blanco y sobre todo morado, los plátanos morados, las calabazas de castilla y el piloncillo, el mole de Atocpan, en esos volcancitos de polvo enchilado de las marchantas de la Merced; las cañas, las mandarinas, el brujo del olfato: el copal y, sobre todo, las flores de cenpoasuchitl (flor de los mil pétalos)

Ya en casa, las familias deciden honrar a sus ánimas con la comida. Las madres y las abuelas preparan los guisos preferidos de los difuntos como: el mole con pollo, los tamales y bebidas como el atole, chocolate y hasta cafecito con canela y “piquete”, si el muertito era cafetero.

Uno de los elementos imprescindibles en la ofrenda es el pan, mismo que existe en diversas formas y se le conoce con diferentes nombres según la región. Aquí, en la ciudad de México, es tradicional el pan de muerto, este es motivo de asombro ante el foráneo al ver como…nos comemos los huesos.

La lista del resto de los elementos es también de vital cuidado, ya que cada uno cumple con un fin simbólico dentro de este festín de la memoria como es el caso de:

Un vaso con agua: que sacia la sed de nuestros seres después de su largo viaje desde la región del inframundo.

La sal (de mar si se puede): que purifica las almas para que éstas no se corrompan en su andar milenario.

El copal: elemento de purificación que, además ahuyenta los espíritus.

El papel picado: que adorna y da movimiento a la ofrenda

Las veladoras: que con su luz alumbran el camino de las ánimas y son símbolo de eternidad.

Las flores: que alegran a los espíritus, se colocan nubecillas blancas para honrar a los difuntos niños y mano de león o cempasúchitl para los adultos.

La fotografía del o de los difuntos que es el elemento que preside la ofrenda

Fruta: mandarinas, cañas, plátanos morados.

Dulces tradicionales: calaveritas y figuritas de azúcar o amaranto como: tumbas, catrinas, esqueletos, cruces etc. calabaza en tacha, alegrías, pepitorias, dulces cristalizados, dulces de camote.

Un camino de pétalos de cempasúchitl que guía a las ánimas hacia este ofrecimiento de los mortales.

Y, lo más importante, la comida y por supuesto la bebida que puede estar presente en botellas de tequila, mezcal, aguardiente o pulque.

En algunas comunidades prevalece la costumbre de la festiva comilona sobre las mismas tumbas en el cementerio, la noche de muertos, a pesar de que se va desvaneciendo con el paso del tiempo y el embate de otras culturas. Esto nos recuerda que algún día, nosotros seremos los invitados a esta mágica, solemne y festiva comilona.

Vivir el día de los Muertos en nuestro país nos lleva a un recorrido de gran arraigo cultural que debemos afianzar más con el paso del tiempo. Hay que disfrutar el patrimonio heredado de lo que somos, de cómo vivimos y de cómo no han enseñado a vivir la vida y la muerte. Son días de guardar, pero también días de bien comer y de bien recordar lo mortales que somos y sobre todo, de involucrarnos con todos los sentidos en los espacios tradicionales de nuestra amada ciudad de México. Ahí están querido lector los mercados con sus marchantas, ahí están las casas, ahí están los rezos, y la atmósfera de una celebración que dice mucho de nosotros ante el mundo. Ahí está la sal y la azúcar de las calaveras, los colores de las velas, el amarillo ceremonial de la flor de los veinte pétalos (cempasúchil), la filigrana del papel y su movimiento; están los robustos panes y el brillo de su escarcha azucarada, las fotos nostálgicas, pero sobre todo, ahí está como cada año, nuestro corazón en las ofrendas a los seres amados materializado en la sabiduría de los guisos de esta, nuestra bendita tierra.