Notas sobre la Ciudad de Méjico

Graham Greene
Notas sobre la Ciudad de Méjico
Anatomía, 1939


¿Cómo describir una ciudad? Aun para sus habitantes es tarea imposible; uno solo puede presentar un esquema simplificado, escogiendo aquí una casa, allá un parque, como símbolos del conjunto. Si yo tuviera que describir Londres a un forastero, podría escoger Trafalgar Square y Piccadilly Circus, el Strand y Fleet Street, la hosca desolación de Queen Victoria Street y Totenham Court Road, ba-rrios como Chelsea y Clapham y Highate que luchan por lograr una experiencia individual.

Great Portland Street, con sus coches de segunda mano y esos individuos impersonales y cordiales que llevan la corbata de su colegio, Paddigton, con sus hoteles viciosos… ¿y cuanto quedaría sin describir, la plaza de Bloomsbury con sus vicios baratos y sus hindúes nostálgicos y su lluviosa melancolía, los muelles…?

aLa forma de casi todas las ciudades puede esquematizarse mediante una cruz; no así la ciudad de Méjico, alargada y asimétrica sobre su meseta montañosa. Emerge como una vía de ferrocarril de un túnel; las oscuras callejuelas al oeste del Zócalo, la gran plaza donde la catedral navega como un viejo y errante galeón español cerca del Palacio Nacional. Detrás en el túnel, el barrio universitario- las calles altas y pétreas como las de la Rive Gauche de Paris- se pierde entre tranvías y tiendas míseras en distritos de mala fama y mercados callejeros. En el túnel uno advierte que la Ciudad de México es más antigua y menos centroeuropea que lo que parece a primera vista; un cachorro de caimán atado a un balde de agua, una familia entera de indios que almuerza en la acera; rodeada por una reja, entre las farmacias y los tranvías, cerca de la catedral, una parte del templo azteca que destruyó Cortes, Y siempre, en todas partes, metidas entre las tiendas, escondidas detrás de los nuevos hoteles norteamericanos están las viejas iglesias barrocas y los conventos, algunas todavía abiertas, algunas trasformadas de la manera más extraña: el Cine Mundial antes convento Jesús María; la Biblioteca Nacional, antes iglesia de San Agustín, un deposito que antes era un colegio católico; una tienda, un garaje, un diario que todavía conservan las antiguas fachadas. Entre el 11de noviembre de 1931 y el 28 de abril de 1936, el gobierno cerró cuatrocientas ochenta iglesias católicas, escuelas, orfelinatos, hospitales, o las dedico a otros fines. El Colegio Preparatorio Nacional era antes un colegio jesuita, construido en el siglo diecisiete.

Al salir del Zócalo, nuestro tren imaginario surge a la luz del sol. Las calles Cinco de Mayo y Francisco I. Madero, arterias de tiendas elegantes, corren para delante, con sus lujosos negocios tipo Mayfair; las mejores tiendas de antigüedades, con salones de te norteamericanos, “Sanborns”, hasta desembocar en el Palacio de las Artes y la Alameda. Metida más adentro esta la calle de los comerciantes Tacuba donde uno puede comprar ropa barata si no le importan mucho las apariencias.

aDespués del Palacio de las Artes estas calles paralelas reciben nombres distintos. Al pasar junto a los árboles y las fuentes del parque de Moctezuma la avenida Juárez, llena de tiendas para turistas y bares lácteos y puestitos-confiterías, y la avenida Hidalgo, donde fabrican horribles coronas fúnebres, de tres metros de alto y casi dos de ancho, con flores blancas y lilas. Luego la avenida Hidalgo sigue hacia donde nadie se molesta en ir, y la avenida Juárez termina en el gran Arco de la República, que enmarca un
gran aviso de la Cerveza Moctezuma sobre un rascacielos, y el hotel Regis, donde van los rotarios norteamericanos y el edificio donde se sortea la lotería.

Tomando hacia el sudoeste, por el Paseo de la Reforma , la gran avenida que construyó Maximiliano , que va desde la ciudad hasta los portones de Chapultepec,
pasando junto a Colón y a Cuauhtémoc y el vidriado Café Colón, parecido al Crystal Palace, donde el presidente Huerta, el que mato a Madero y huyó de Carranza, solía emborracharse (cuando ya no podía moverse, apagaban las luces y la gente que pasaba decía: “El presidente se va a la cama “ ; no quedaba bien que vieran como arrastraban al presidente de México hasta su coche). Pasando por el Hotel Reforma y la estatua de la Independencia, con toda la vaga aspiración y costosas alas doradas, hasta los leones del portón. Y a cada lado se abren las nuevas calles elegantes, con casas rosadas y celestes enredaderas en flor donde viven los diplomáticos, y a donde llega intenso el olor a dulces de la avenida Juárez.