El mandato del prelado

Se llamaba Jerónima Barradas, era una vieja apacible, entrecana de mirada lenta. Se contaba que era viuda que perdió al marido en una sangrienta acometida de apaches, y que por eso, de luto eran siempre sus ropas, otros contaban que era doncella que su traje era negro y su queja continua por un amor en desventura que no le salía de la memoria.

 

Siempre estaba con la cabeza inclinada sobre sus manos, puestas en el regazo, sosegadas y blancas. De pronto alzaba los ojos, veía sin mirar a la distancia contemplando algo invisible para los demás.

De esta tal Jerónima refería la gente de su calle, que conocía todo lo que estaba por venir, que tenia conocimientos de las estrellas y decía la ventura por las manos, que pronosticaba el tiempo, preveía engaños y celadas ya que le podía leer en el corazón a la gente.

Para curar tenia palabras que eran antídoto de la enfermedad. No martirizaba a los enfermos con la violencia de las medicinas; cuando los humores estaban desconcertados, fuera de su punto, los disponía con la blancura de los jarabes o, mejor aún, con unas cuantas palabras y santiguos sobre el cuerpo del insano, quitaba el daño que había hecho la destemplanza.

Cuando un niño enfermaba; lo ponía en la cama y con lentitud le decía este conjuro que sacaba en el acto todo el mal del cuerpo:

En el nombre del buen Jesús, que es el nombre de virtud.
Donde Jesús fue mentado, todo mal fue quitado.
Donde Jesús se mentó, todo mal se quitó.
Así como confieso que esto es verdad, te sane mi señor Jesucristo de toda enfermedad.

Y luego le ponía unto sin sal, revuelto con ceniza caliente y encima una hoja de la yerba llamada lisa.

A las mujeres que se querían casar las mandaba a la iglesia de Santa Isabel a que se pusieran ante el colosal San Cristóbal que había en uno de los cruceros y que con los brazos levantados y amenazándolo con los puños como exigiéndole obediencia, lo interpelara con enojo:

“San Cristobalazo, patazas, manazas, ¿Cuándo me casas?”, y si no les gustaba el marido que les tocó, pusiesen ojos y la voz dulce y le dijesen:

“San Cristobalito bonito, patitas, manitas ¿Cuándo me lo quitas?

Hombres del campo venían a ver a Jerónima para que los preservara de mordidas de víbora, o, que si las recibían no les causara mal, y para esto les hacia muchas cruces con el colmillo de una de ellas, con lo cual les iba arañando las manos, las piernas, la lengua, el cerebro y cualquier otra parte del cuerpo, invocando siempre a Dios nuestro Señor y con eso quedaban ya para siempre, inmunes de la ponzoña.

Claro está que estas habilidades de jerónima no permanecieron ocultas y pronto llegaron al oído del Arzobispo, Don Juan Antonio Vizarrón y Eguiarreta. Su ilustrísima la mando traer a su presencia. Con toda humildad acudió Jerónima quien, arrodillada, beso la mano del arzobispo; Su Ilustrísima le dijo, con el ceño duro y con el dedo índice en alto, que ya sabía de sus artes y sus embaucamientos de brujería, que le mandaba, bajo pena de excomunión mayor, que cerrase la boca para siempre, que no hiciera más predicciones ni excelentes ni fatales, que se contentara con rezar y preparar el alma para cuando la entregara a Dios. Decía esto su ilustrísima, cuando Jerónima empezó a ponerse pálida, se acerco con pasos inseguros a una mesa donde se encontraba una palangana de plata; empezó a mirar fijamente el agua quedando ausente de sí misma, después de unos instantes, con voz trémula y obscura dijo que venían dos navíos de flota, desarbolados y maltrechos de los cinco que habían salido del Puerto de Cádiz con gran cargamento, que los tres que faltaban los había hecho suyos un pirata ingles el día de san Alfonso. Se apretó los brazos sobre el pecho, parpadeo y salió de aquel arrobamiento y, sin despedirse del arzobispo, abandonó la estancia lentamente.

-Vuelvo a mandarle Jerónima, que deje esas cosas; que cierre la boca para siempre que no vea más; que se deje de adivinaciones y agüeros para que Dios la perdone. ¡Váyase!

aDos días después de esto llegó correo de Veracruz y trajo la mala nueva de que habían llegado dos naves deshechas por el recio combate que habían librado con piratas ingleses y que, de cinco que venían hacia playas de la Nueva España, a tres se los habían llevado secuestrados los piratas ingleses.

El arzobispo recordó lo que había dicho Jerónima en su presencia. Mandó una nota a la inquisición, denunciándola.

Fueron los alguaciles del santo Tribunal hasta la casa de Jerónima para aprenderla; llamaron a la puerta pero nadie salió a abrir por lo que la forzaron, al entrar la hallaron tendida en el suelo, inmóvil; con solo tocarla se dieron cuenta de que estaba muerta. Con una mano se tapaba la boca; con el índice y el pulgar de la otra se apretaba cada uno de los ojos.

Ya no hablaba, ya no veía, el alma estaba desunida del cuerpo…

A uno de los alguaciles del arzobispo le vino a la memoria el imperativo mandato de su señor y se santiguo con mano temblorosa…