La vida en México

Durante una residencia de dos años en ese país
Por: Madame Calderón de la Barca

Editorial Porrúa, 1976

Francisca Erskine Inglis, de Calderón de la Barca, llega a México como esposa del primer embajador plenipotenciario de España en México. Durante su estancia de dos años, la madame sostuvo una copiosa correspondencia residente en Boston.

De este acervo de cartas, escogió la escritora cincuenta y cuatro cartas para ser publicadas, inicialmente, en inglés, las que ya traducidas forman el cuerpo de este delicioso e ilustrativo libro.

Fragmento

San Fernando, 25 de febrero de 1839

aEn estos últimos días hemos estado entregados al quehacer de encontrar primero, amueblar después y, finalmente, cambiarnos a una nueva casa. Estábamos ansiosos de alquilar la casa de la Marquesa de Uluapa, que es bonita, está bien situada y tiene jardín; pero el administrador, después de hacernos esperar su respuesta por más de dos semanas, nos mandó decir que estaba decidido a venderla. Los alquileres de las casas son disparatadamente altos; no se puede encontrar nada aceptable por menos de dos mil quinientos pesos al año, y esto sin muebles. Existe aquí, además, una costumbre muy singular, que consiste en satisfacer una suma por concepto de lo que llaman traspaso, que algunas veces llega a catorce mil pesos, corriendo el riesgo de que cuando dejéis la casa pueda desquitaros de ese dinero la persona que os suceda en ella.

Con anterioridad habíamos hecho diligencias para conseguir una casa que no está lejos de nuestra actual morada; es, en realidad, un palacio, del cual algo os había referido antes por haber sido durante algún tiempo residencia de Santa Anna, y en otro de la Legación Inglesa, mas no fue posible persuadir a su actual propietario de que la dejara en alquiler. Tiene un hermoso jardín y un olivar, pero la mansión no es muy segura si no se cuenta con una guardia de soldados. A la postre nos decidimos establecer nuestro domicilio en donde estamos ahora.

Es una casa nueva y hermosa, construida por el general G…, y sin otro pero que ponerle, que el de ser demasiado grande. Construida en forma de rectángulo como todas las casas de México; la planta baja con un patio enlosado y una fuente en medio, y con una cerca de veinte cuartos, además de sus dependencias; cochera, caballeriza, palomar, casa del jardinero, etc. El segundo piso, donde se encuentran las habitaciones principales, ya que el primero lo ocupan casi todo los criados, tiene igual número de cuartos, a lo que debe añadirse la carbonera, leñera, cuarto de baño; y agua por todas partes, allá abajo en el patio, en el jardín y aun en la azotea, que es muy capaz, y en donde podríamos levantar un mirador, si la casa fuera nuestra, la cual puede embellecerse; mas construir para otro es demasiado heroico.

aEl gravísimo defecto de todas estas casas es el descuido en el acabado; estas grandes puertas que se rehúsan a cerrar bien; estas enormes ventanas que arrancan desde el suelo y que en la temporada de lluvias dejarán entrar el agua, hacen aparecer estas residencias como si el palacio se hubiera cruzado con el granero: del uno es el esplendor, la incomodidad del otro. No deseo abrumaron con los detalles de todas nuestras pequeñas molestias producidas por la morosidad de los artesanos.

Con decir que el mañana mexicano, si se traduce con propiedad, significa nunca, es suficiente. En cuanto a los precios, he llegado a la conclusión de que pagamos a fuer de extranjeros y de diplomáticos, aunque no desearía ser terminante en esta mi primera experiencia. Pero como fuere, por fin estamos acomodados, y nos damos cuenta de que el aire es aquí más puro que en el corazón de la ciudad, y que las enfermedades y las epidemias, allí tan comunes, son casi desconocidas por estos rumbos. Detrás de esta casa hay un pequeño jardín colindante con el enorme muro que circunda al huerto delviejo  convento de San Fernando, dentro de cuyos extensos limites, languidecen siete u ocho frailes.

Es un edificio inmenso, antiguo y gris, consumido por el tiempo, con una iglesia contigua y un anchuroso terreno que le pertenece. Es pintoresco siempre, pero cuando se asoma la luna o se pone el sol, ofrece una visión de los tiempos clásicos.

A esta hora, en que me encuentro sola en el jardín de altas paredes, cuando el convento suelta sus esquilas, y los ventanales góticos con rejas de hierro, y el verde gris de los olivos, tan irreales en su quietud, se iluminan ´por los rayos postreros del sol, todo se me aprece como una alucinación, a modo de un dibujo casi borrado en la memoria, o de un recuerdo romancesco.

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Después se oculta el sol con un rojo de furor detrás de las montañas coronadas de nieve, cubriéndose sus majestuosos faldas de un rosa encendido, en tanto que se extienden las grandes y negras nubes como alas de la noche; y es cuando ha llegado la hora de recordar que este es México, y que si sobre él han caído todos los males, la memoria de su romantico pasado aun persiste. Los tintes carmesíes todavía se consumen prolongando el sonrojo de las montañas; mas las nubes negras, montuosas aves de la noche, siguen su rumbo y se posan sobre las cimas, en donde, como si cubrieran su nidada, permanecen en silenciosa vigilia. Gradualmente todo el paisaje; los montes y el cielo, el convento y los olivos, se ven grises y melancólicos, y parecen fundirse en la foscura del crepúsculo.

Y aparece la luna para tender su velo de plata sobre las montañas y argentar la llanura, y se contempla reluciente y estremecida sobre las viejas lozas grises, y apenas se deja oir la amortiguada melodía de una distante música militar.

Están tocando todas las campanas; las de San Fernando, que se repiten con la chochez de un viejo; las de las torres de la Catedral; las de las iglesias y conventos lejanos, y por sobre el rodar de los coches y el rumor de la ciudad, se escuchan las notas de un cántico, fuertes a veces, semiperdidas otras, mientras pasa una procesión religiosa, camino de un templo cercano. Pero se hacer tarde, un carruaje ha entrado en el patio; es una visita. Se acabo lo novelesco.