Virreyes, arzobispos, poetas

La Ciudad de México en el Siglo XVII
Primera Edición, Presencia de México, 1968

Durante el siglo XVII hubo 18 virreyes civiles y 5 virreyes arzobispos. Fueron los primeros nueve marqueses, tres duques y cinco condes, todos de la más alta nobleza, pero muchos de la más baja mediocridad humana. Se salvan don Luis de Velasco II; don Diego Carrillo, marqués de Gálvez; don Antonio de Toledo, marqués de Mancera. Más seamos justos y confesemos que se han escrito buenas biografías sobre los virreyes. Pasan ante nosotros estos nobles como fantasmas, entre piratas, inundaciones, pleitos y motines, y esconden su personalidad. Para lo que más han servido es para dar a conocer la indumentaria de la época.

 

aEl marqués de Gálvez fue famoso por su ruidoso pleito con el arzobispo Pérez de la Serna, que tantas veces se ha contado, en el que el arzobispo excomulgó al virrey y le amotinó al pueblo, que por poco lo mata. Aquí sólo importa recordar que la ciudad de México es la única, en el mundo, en cuya historia eclesiástica se cuentan tres “entredichos” o sea el abandono del culto público, como castigo del clero: uno con Zumárraga, en 1526; éste de Pérez de la Serna en 1624 y otro con Mora y del Río en 1926. El primero duró un día; el segundo una semana y el tercero tres años… El marqués de Mancera fue el mejor gobernante de México en el siglo XVII. Fue honesto, laborioso, inteligente y hasta con experiencia “americana”, ya que había pasado su juventud en el Perú. Terminó de construir la Catedral y fue el protector de Sor Juana Inés de la Cruz cuando era una niña.

Los arzobispos fueron 14. Uno de ellos, el único mexicano en tres siglos: don Alonso de Cuevas Dávalos. Todos, según sus biógrafos, virtuosos y ejemplares, pero no hay ningún brillo en ellos. De uno, Manso y Zúñiga, dice el biógrafo Sosa que, como fue profesor y rector muy joven y obtuvo 4 abadías, “era agraciado en letras y virtud, pues no se concibe cómo fuera llevado a la cátedra y a las abadías quien para ello no tenía especiales merecimientos.”

Olvida Sosa que adolescentes de 18 años llegaban a la rectoría y a las cátedras y que las abadías eran solamente beneficios económicos. Hasta resulta en contra de Manso haber aceptado cuatro. Y cuando murió, como arzobispo de Burgos, dejó 800,000 pesos sólo en oro y perlas…

aDel arzobispo Mañozca se elogia que en dos años confirmara 63,000 personas; pero esto quiere también decir que los prelados anteriores estuvieron un tanto flojos con ese sacramento. Nada hay de notable y sí algunas excelsas boberías en el arzobispo virrey fray Payo Enríquez, y de don Francisco Aguiar y Seixas, obsesivo donador de limosnas, misógino hasta la exageración y enemigo de la literatura, lo único que podemos decir es que era más de manicomio que de palacio episcopal.

De poetas hubo aluvión. Y muchos de ellos buenos. Bien pudo Alfonso Méndez Plancarte hacer una selecta antología de 55, sin contar los anónimos. Es Sor Juana Inés de la Cruz la figura cimera de la poesía y la cultura de la época. Con la poesía doméstica dibujó su medio; con la lírica sus sentimientos; con la épica –llamaremos así al gran poema filosófico “El Sueño”- sus conocimientos; con su prosa, en fin, hizo la más formidable defensa de la mujer, en su Carta al obispo de Puebla. Con Sor Juana hay que recordar a Solís Aguirre, Matías de Bocanegra, Sandoval Zapata, Diego Ribera, Juan de Guevara, Alonso Ramírez de Vargas, Apello Corbulacho.

aEn los Arcos Triunfales que se erigían a las entradas de los virreyes y arzobispos, se lucían los poetas, pintores y escultores. Si bien eran de efímera arquitectura de madera, llevaban sonetos, epigramas y letrillas, y las pinturas y esculturas eran casi siempre de dioses griegos, haciendo así un paréntesis artístico con Zeus, Apolo, Venus, Las Gracias, Ganimedes o los héroes, en contraste con la repetición de temas religiosos. En el siglo XVII hubo algunos personajes raros que es sabroso recordar, como el mártir judío –murió por su fe- Tomás Tremiño de Sobremonte, quien, ya en la hoguera, gritaba al pueblo: “Echen más leña, que mi dinero me cuesta.” Guillén de Lamport, sabio esquizofrénico –teólogo, escriturario, poeta, poligloto-, irlandés que deseó la independencia de México y murió en la hoguera. El famoso y simpático Martín Garatuza, ladrón, estafador, trotamundos, cantamisano sin consagrar, héroe de la mejor novela de Riva Palacio.

El tapado, don Antonio Benavides, fue un personaje que hasta hoy es una incógnita. Llegó a Veracruz como marqués y visitador del reino; empezaron los homenajes en el camino; pero, de repente, fue preso, encapuchado, y conducido a México en donde fue ahorcado.

Nadie supo jamás la verdadera causa. Sor Juana pidió al Virrey, en un romance, que salvara la vida de el Tapado, aunque “sus delitos veía”. Dos caballeros de la portuguesa y riquísima Orden de Cristo dieron motivo de cálidos chismes en la sociedad, a mediados del siglo: don Pedro Vélez Medrano quien, de resentimiento de no haber obtenido el puesto de Castellano de Acapulco, “se pasó al portugués” y se hizo pirata. Don Antonio de Souza que, a pesar de su alto rango, era salteador de barras de plata; cuando fue aprehendido, no se quiso ahorcarlo como a cualquiera, a pesar de que merecía la pública muerte, y se prefirió hacer correr el rumor de que había muerto de peste en la cárcel y, llevado en un ataúd, le hicieron un oculto “entierro” en Santo Domingo, a puerta cerrada. Meses después salió disfrazado para España.

Don Fernando de Valenzuela fue un hermoso hidalgo, favorito de la reina madre Mariana de Austria. Como entraba nocturnamente a Palacio, se le llamó el Duende, pero fue marqués de Villasierra y Grande de España. Ante el escándalo, los cortesanos lograron apartarlo de la reina y lo desterraron a Filipinas y luego a México, en 1690, donde por orden del rey Carlos II, nada menos, debía tratársele de “Excelencia”. Pero aquí siguió siendo el Duende. Murió prosaicamente de una coz de caballo y fue enterrado en San Agustín, después de tres días que duró el desfile de toda la gente que deseaba ver su embalsamado cadáver.

Dejó la herencia a sus criados chinos e hizo asegurar en vínculo “una espina de la corona de Cristo engastada en oro y diamantes. La Monja Alférez, en fin, esa doña Catalina de Erauzo, ex novicia y luego soldado, comerciante y jugador, espadachín enamoradizo, pero devoto, que más parece personaje de novela que de historia, debió visitar con cierta frecuencia la ciudad de México, al fin de su vida, cuando llegaba con su recua procedente de Veracruz. Dicen que murió cerca de Orizaba, en 1650, y tan famoso fue que un peruano no tuvo empacho de decirle después a Sor Juana:

Vive Apolo, que será
un lego quien alabare
desde hoy a la Monja Alférez
sino a la Monja Almirante.