1810 la vida en México

De 1810 a 1910, cuánta ha sido la transformación de la ciudad de México, del México que alcanzaron a ver nuestros abuelos.

1880¿Cuántas cosas de ese México, del México de hace un siglo, han desaparecido para siempre? Los acueductos de Santa Fe y Chapultepec, de arcos toscos, destilando agua por las grietas y que remataban en fuentes hermosas y monumentales; las fuentes públicas embutidas en los muros de los edificios o construidas en los centros de las plazas; las cruces de piedra en los ángulos de los cementerios de los templos; las esculturas de los nichos, en las esquinas de las casas, representando milagrosas vírgenes, castos patriarcas, santos barbudos o mitrados; los hospitales, que fundaba la caridad privada, de largas galeras en donde se veían lechos ocupados por gente pobre y dolorida; los hospicios de niños y niñas que abandonaban sus padres, o huérfanos porque la muerte se los había arrebatado; los hospicios donde se hospedaban misioneros que habían predicado en lejanas provincias, o que iban de una a otra por negocios de la orden; los mesones y las hospederías de caminantes ocupados en el comercio, de arrieros, de estudiantes o de individuos, célibes y sin familia; los chisporroteos de lamparillas, ante las estampas de imágenes de piedra; los ruidos de coches y de carretas, al rodar en los paleolíticos empedrados; las campanas, alegres en las fiestas, suplicantes en las rogativas públicas, de hambres, pestes o por temores de que la flota o la nao de China, pudiese haber sufrido alguna tormenta o naufragado en turbulentos mares: fúnebres en los dobles, por muertes de monarcas o reinas, de príncipes o infantes, de arzobispos o virreyes: pausadas, cuando invitaban al descanso y lentamente imponían silencio con el toque de la queda…

Todo esto y mas, poco a poco ha desaparecido en el largo transcurso de una centuria; largo para nosotros, pero brevísimo segundo en el infinito periodo de los tiempos.

Y si de las cosas inanimadas, pasamos a la gente ¡cuántas transformaciones en un siglo! ¡qué cambios tan complejos en trajes y costumbres! ¡qué metamorfosis en los tipos populares!

sorprTodavía conocimos a muchos viejos, restos vivientes de aquel antaño, que comenzó a desmoronarse en 1810 con el grito de libertad, lanzado allá en la parroquia de Dolores. Cuando esos buee nos viejos, rugosos y venerables como los ahuehuetes canosos de heno, referían cosas de su niñez o juventud, les parecía oír las voces de las monjas, entonando sus cánticos bajo las bóvedas de los coros conventuales; se imaginaban ver a los frailes de cerquillo o calada la capucha; los vetustos alabarderos de la guardia del Virrey, creada en la remota fecha de 1568; a los estirados y orgullosos oidores, de golillas y garnachas, y a los temidos y crueles inquisidores, con sus veneras en los trajes; a los doctores de la Universidad con capelos y borlas, blancos, verdes, rojos, amarillos y azules, según fueran graduados en teología, en derecho canónico, civil, medicina o filosofía; a los abogados con las togas y a los escribanos con las capas y tinteros portátiles, de encorvados cuernos; a los alguaciles con las vacilantes linternillas y las altas varas, insignias de su mando; a los legos en pos de pacíficos pollinos, cargando en las angarillas, portadoras de limosnas, manojos de gallinas o de pollos, frutas, sabrosos quesos o tortas de pan blanco, caliente y apetitoso…

Todavía hace pocos años vivían muchos que alcanzaron los tipos supervivientes al año secular de 1810. ¿Pero, en donde está la china poblana de enaguas bordadas de lentejuelas, raso verde o blanco en las caderas, y rojo castor en el resto de la falda? ¿Qué hizo la escanciadora incitante, que en los floridos puestos de los arcaicos portales, brindaba en jícaras o vasos cristalinos, aguas frescas, dulces y aromáticas, de limón, naranja, piña o de chía con horchata, para calmar a sedientos transeúntes, sofocados por el calor de la estación o rendidos por el cansancio de andar en las procesiones o de visitar los monumentos de la Semana Santa? ¿Por qué ya no se escucha en las calles, el pregón de las alfajoreras y de los charamusqueros; el lento y gangoso anuncio de las “cabezas de horno”; el ronco grito de las “dos rosquillas y un mamón”, que en la Semana Mayor lanzaba el mercader ambulante, con una larga tabla en la cabeza, repleta de obscuros panes o de roscas espolvoreadas con azúcar solferina?

180 180 ji kk

Todos estos tipos que existieron aún después de consumada la Independencia; antes del saqueo del Parián, de la revolución del cobre o de la guerra de los pasteles, eran numerosos en 1810; pero hoy nos parecen fantásticos, extravagantes, caprichosos, exóticos, porque en este siglo de bicicletas y automóviles, de aeroplanos y dirigibles, se les desconoce y se borran para siempre, como todo lo nacional y propio.

Y que diversidad de formas y de cortes, de colores y matices, de calzados y sombreros, presentaban todos aquellos tipos el año de 1810. Era aquello un guardarropa de vetustos trajes del pasado con flamantes vestidos del presente.  Las modas anteriores a la Revolución Francesa, se daban la mano con las últimas modas de principios del siglo.

La miseria y la ostentación de léperos y nobles, y la sencilla indumentaria de indios aborígenes y de petimetres afrancesados, se codeaban en las calles, en las plazas, en los templos. La indígena de falda enredada, de huipilli y de quexquemil, con la currutaca de túnico de medio paso, de mantilla y de pelo enmarañado, con tantos cintajos y adornos que hizo decir a un poeta:

Yo no sé, Clorí hermosa,
cómo en tu delicadeza
sufres sobre esa cabeza
tanto moño y tanta cosa.
Mas ya lo sé: la mollera
cargada con tanto
exceso,
lejos de serte de peso
te la pone más ligera.