Los toques de las campanas

A las ocho de la noche, la mayoría de los vecinos, unos encerrados en sus piezas, otros ya recogidos en sus lechos y no pocos en las calles, oían durante un cuarto de hora “la plegaria de las Animas”, y en el curso de la novena que presidía a la conmemoración de los difuntos, en el día de los finados y en su octava, a continuación de la plegarias seguía “el doble”, prolongado casi siempre media hora y a veces más.

Las personas de honestas costumbres que no gustaban de andar en aventuras mujeriles ni en casas de juego, ni en riñas callejeras, se retiraban a sus casas antes del “toque de la queda”, que en el siglo XVI duraba de las nueve a las nueve y media de la noche, y hasta las diez, en los tiempos posteriores.

Este toque fue antiquísimo, y se regularizó en la ciudad de México a moción que presentaron en Cabildo cuatro regidores, para que el toque se diera por los alguaciles o por orden de ellos, pues los proponentes se dolían de que la guarda y ronda de la ciudad, en la noche, no se hacía como era debido, “y que por esta causa andaban muchas personas a esa hora con armas, de que resultaban escándalos y robos”. Aceptada y promulgada la ordenanza respectiva, a los que después del “toque de queda” encontraba “la ronda” en la calle, le recogía las armas si las portaba y si era gente sospechosa, con armas o sin ellas, se le conducía a la cárcel, con el fin de que justifique porqué transitaba a tales horas, prohibiéndoles también a los mendigos que después de aquel toque de reposo pidieran limosna.

A media noche interrumpían el tranquilo silencio de la vieja ciudad virreinal, las campanitas de los conventos, que congregaban a los frailes y a las monjas para rezar “los maitines” en los coros.

Tristes y dolientes fueron los clamores y los dobles por los muertos, y se abusó tanto, que por la pena que causaban a los enfermos, a los moribundos y a las almas afligidas, hubo que reducirlos a cuatro toques: uno al saberse la muerte de la persona; otro, al salir de las parroquias los acólitos con la cruz y los ciriales, y los clérigos revestidos y con sus brevarios, para traer el cuerpo del difunto; otro, al entrar de regreso a los templos, y el último, al darle aquí sepultura al cadáver en el atrio o en el camposanto.

Las campanas de la Catedral anunciaban las muertes de los reyes o de los virreyes, de los arzobispos o de los capitulares, con repetidos golpes, pausados y sonoros. Cien tañidos de la Campana Mayor de la Catedral, seguidos por un triple doble de todas las campanas mayores y menores, eran nuncio que secundaban clamores y dobles los campanarios de las parroquias, de los conventos, de las ermitas y de los hospitales que había en la ciudad, y que como un ¡ay! prolongado y triste repercutían los campaniles de los pueblos y aldeas cercanos o lejanos; repetido en la misma lúgubre forma nueve días consecutivos durante media hora, a las doce del día y a las oraciones de la tarde.

Llamábase “toque de vacante” el que avisaba la muerte de los prelados y dignidades eclesiásticas, porque su empleo quedaba “vaco”. Según la categoría, así era el número de veces que tañía la Campana Mayor: “sesenta” si era el prelado de la iglesia; “cuarenta”, por alguna de las dignidades; “treinta”, por los canónigos; “veinte, por los racioneros; “diez” por los mediorracioneros; pero solamente a la hora en que morían, en los funerales o en los entierros.

Por el modo de combinar el toque, se llamaba “de rogativas” el que se daba a fin de implorar y alcanzar remedio de alguna grave necesidad, especialmente pública, como cuando había fuertes granizadas, tremendas tempestades de rayos y centellas, sequías angustiosas, epidemias desoladoras, guerras sangrientas, terremotos espantosos, o al salir la procesión de la “Cruz Verde”, la víspera de los autos de fe.

Pero si había “toques” melancólicos, fúnebres, pausados, solemnes y suplicantes, los había a la vez regocijados y entusiastas, ya fueran “repiques”, si los bronces se tocaban con sólo los badajos; y “a todo vuelo”, cuando se alternaba armoniosamente el tocar de las campanas con el voltear de las esquilas Unos y otros pregonaban festividades o noticias religiosas o civiles: el Año Nuevo, el Corpus, la Ascensión, la Trinidad, el día de San Pedro y San Pablo, el de la Virgen de Guadalupe; la salud de los monarcas, de los príncipes, de los virreyes, de sus consortes, de sus hijos; las juras, las tomas de posesión, las bodas, los bautizos, la llegada del correo, esto es, de la nave llamada de “Aviso”, que era la que conducía la correspondencia del extranjero, tanto para las autoridades como para los particulares; y el arribo de la famosa “Nao de China” al puerto de Acapulco, esperada con tanta ansia por los ricos comerciantes de aquella época, a quienes los efectos que les enviaban les producían pingües ganancias y esperada también con alborozo de las señoras y señoritas, pues bien sabían ellas que la célebre “Nao” les traería ricas sedas de la China, mantones de Manila, lujosos tápalos, calados abanicos de marfil, biombos bordados de porcelana, vajillas expresamente fabricadas para los que tenían títulos de Castilla, con escudos y blasones de sus armas nobiliarias.

Los toques de campanas menos frecuentes fueron los de “arrebato”, cuando la ciudad recibía una noticia alarmante o se conmovía por algún acontecimiento inusitado. Por ejemplo, la toma de los puertos por piratas o corsarios holandeses, franceses o ingleses, que en aquellos tiempos infestaban los mares por todas partes y eran el azote de Acapulco, Veracruz, Campeche y de otros lugares de las costas; cuando había un terrífico tumulto producido por un levantamiento popular como el de 1624 o el de 1692, acompañados de saqueos de casas y tiendas de comercio y de fuego pegado aún a edificios por todos respetados, como las Casas de Cabildo o el Real Palacio; o para llamar, a fin de que acudiesen a sofocar un voraz incendio, las autoridades, los vecinos y las comunidades, con sus santos venerados y reliquias milagrosas.

Entre los toques extraordinarios y no comunes, hay que recordar las consagraciones de las campanas por obispos y arzobispos, en las cuales, aparte de ponerles nombres de vírgenes, santos y ángeles, eran saludadas por sus compañeras al bajarse de las torres para fundirlas de nuevo o colocarlas en otros sitios, o al elevarlas por primera vez en los campanarios.

Así se bajó la campana grande, llamada “Doña María” el 24 de marzo de 1654, para llevarla de una torre a otra de la Catedral, y el 29 de mismo mes y año, la vieron subir los vecinos, con general clamor de las otras campanas “porque no le sucediese desgracia a la dicha Doña María”.

Los toques de las campanas cesaban por completo, del Jueves Santo al sábado de Gloria, y se tocaban sólo en los grandes terremotos. Muchos repiques históricos podrían recordarse de los tiempos virreinales; pero uno se hizo célebre en el período de la guerra de insurrección, el del “Lunes Santo, 8 de abril de 1811, al recibirse la tarde de este día la noticia de la prisión de Hidalgo, Allende y demás caudillos iniciadores de la Independencia; repique que llenó de gusto a
los realistas y que sonó como doble en los oídos de los insurgentes.

Así lucía en 1870 la esquina de Salto del Agua y Lázaro Cárdenas, como se puede advertir el acueducto que traía el agua desde Chapultepec estaba completo. De todas las magníficas casas que se aprecian del lado izquierdo no queda ninguna.

El Portal del Antiguo Tecpan de San Juan, que se encontraba del lado derecho, también fue demolido. En la actualidad, como se puede apreciar en la fotografía inferior, en esta misma esquina se encuentra una copia de la fuente original que, por decisión de algún enemigo de la ciudad, fue trasladada a Tepozotlán. En la esquina donde se encontraba el Portal hoy encontramos un mercado horroroso al igual que todas las construcciones de cemento y vidrio que ocupan el lugar donde, alguna vez, estuvieron hermosas casas que fueron ejemplo de buen gusto.

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