Los polvos del Virrey

Sucedido en el Portal de Mercaderes y la Esquina de Plateros

Cuenta una vieja leyenda que en la Secretaría de Cámara del Virreinato de Nueva España, había un oficial escribiente, cuyo sueldo apenas le era suficiente para vivir en una casa de vecindad, mantener a su esposa y a una docena de escuálidos nenes, seis del sexo bello y los otros del masculino; pero todos extenuados por los ayunos.

Sentado en un gigantesco banco de tres pies, inclinado sobre la papelera despintada de la oficina, garabateando pliego tras pliego de minutas, nuestro hombre, quien se llamaba don Bonifacio Tirado, pasaba las mañanas, las tardes y aun los días enteros, de mal humor, aburrido, esperando con ansia la hora de regresar a su casa. No había sorteo de la Real Lotería en que no jugara con afán, ¡y con qué ahínco desbordaba el billete para ver si su número aparecía en la lista, que con toda puntualidad publicaba la Gaceta de don Manuel Valdés!

Pero nada, la suerte siempre le era esquiva, y por centenar más y por unidad menos, el premio gordo caía en número de otros más afortunados que el buen don Bonifacio.

Desesperado de esta situación, había escrito infinidad de documentos pidiendo un ascenso en las vacantes, y calvo se había quedado de arrancarse los cabellos en las largas horas de espera.

Cierto día en que el destino parece que se empeñaba en mortificarle más, pues su mujer, su único consuelo, y sus hijos, sus futuras esperanzas, se habían disgustado con él porque no los había llevado a la feria de San Agustín de las Cuevas, don Bonifacio, al entrar en la oficina, gruñó sólo un saludo a sus colegas, se sentó en el tripié, se reclinó sobre el apolillado escritorio, la cabeza entre las manos y la mirada fija en las vigas de cedro secular, que sostenía la techumbre de la sala del Real Palacio donde se hallaba.

De repente el banco de tres pies rechinó por un movimiento brusco de don Bonifacio; los ojos del buen calvo brillaron iluminados por la musa que inspira las risueñas esperanzas; tomó su pluma y en papel, se deslizó la pluma por espacio de veinte minutos, hasta que el ruido especial que produce ésta cuando se firma, indicó que había terminado.

En efecto, puso rúbrica, echó arenilla, escribió la dirección, y después de tomar su sombrero, su bastón y de dirigir un amabilísimo “¡buenas tardes, señores!”, risueño y como pascuas encaminó sus pasos hacia la sala en que se encontraba el Secretario de Su Excelencia.

-¿Qué había escrito?, nadie lo supo...Una tarde, se encontraba don Bonifacio en la esquina del Portal de Mercaderes y Plateros, precisamente frente al lugar donde se colocaba desde aquellos remotos tiempos, el cartel del Coliseo.

Se conocía que esperaba algo con ansiedad, pues su vista no se desviaba un ápice del Real Palacio. Transcurrieron breves instantes hasta que los pífanos de la guardia de alabarderos anunciaron que el Excelentísimo Señor Virrey salía a
pasear.

Nuestro don Bonifacio se estremeció. Un sudor frío recorrió todo su cuerpo; sintió como un hueco en el estómago y su corazón latía como si dentro le repicaran; pero esperó con ansia, aunque resignado.

Ya se acercaba el Virrey seguido de lujoso acompañamiento. Don Bonifacio sentíase aturdido. Como relámpagos cruzaron por su mente los desengaños de otros días, y una próxima esperanza le hacía ver color de rosa el lejano horizonte en que se destacaban el Real Palacio y la comitiva que ya iba a desfilar delante de su persona.

El Virrey, montando en magnífico caballo prieto, al llegar a la esquina del Portal, se detuvo y respiró con fuerza, al encontrar sus ojos negros la pálida figura de don Bonifacio.

El Virrey, con amable sonrisa, saludó a nuestro hombre, sacó con pausa del bolsillo una rica caja de rapé, de oro, con preciosas incrustaciones, y ofreciéndosela, preguntó a Don Bonifacio:

¿gusta vuesa señoría? Gracias, Excelentísimo Señor; que me place – contestó el interrogado-, acercándose hasta el estribo y aceptando con actitud digna, como de quien recibe una distinción que merece.

Despidióse el Virrey con galantes cumplidos que fueron debidamente correspondidos; y esta misma escena se repitió durante muchas tardes, en la esquina del Portal de Mercaderes y Plateros.

La fortuna de nuestro hombre cambió desde entonces. Por toda la ciudad circuló la voz de que don Bonifacio Tirado de la Calle gozaba de gran influencia con el Virrey, y que ambos se encontraban tarde con tarde en plena esquina del Portal de Mercaderes y la Calle de Plateros.

Muchos acudieron a la casa de don Bonifacio en busca de recomendaciones, y muchos también le colmaron de obsequios. Don Bonifacio Tirado representaba su papel a las mil maravillas.

A veces se hacía el hipócrita, diciendo que no valían de nada sus recomendaciones, y otras se daba más humos que el portero de Su Excelencia.

Empero los regalos menudeaban, la fama vocinglera daba más fuertes trompetazos cada día, y uno de ellos llegó a oídos del Virrey quien llamó a nuestro hombre y le dijo:

-He comprendido todo. Merece vuesa merced un premio por su ingenio. Inútil nos parece reproducir el contenido del “Memorial” de don Bonifacio; el lector la habrá adivinado; y sólo añadiremos que el Virrey afirmaba que hubiera sido un mezquino el que no accediera a esta solicitud: “detenerse en la esquina, ofrecer un polvo y marcharse”.

Cuentan que don Bonifacio Tirado aseguró el porvenir de su familia y bien se ve que lo aseguró, pues agregan las citadas crónicas callejeras que labró una fortuna con los polvos del Virrey…