El verano y sus terrazas

Por Laura Martínez Alarcón.

¡Al fin! Después de una primavera lluviosa que afortunadamente llenó los pantanos y los ríos del agua tan esperada, el verano ha llegado a España y con él los proyectos para las vacaciones, los conciertos y festivales, las terrazas y las horchatas de chufa. Desde luego que también irrumpen los calores y las insolaciones.

 

El verano español cada vez se parece más al africano, es decir, cada día se vuelve más seco, duro e insoportable y, a pesar de los consejos para evitar quemaduras y prevenir el temible cáncer de piel, los jóvenes y algunos no tan jóvenes, inundan los jardines o las piscinas públicas y tratan de aprovechar cualquier rayo de sol para “coger color” y ponerse morenos.
Estos meses estivales también deparan agradables sorpresas, como la Expo Zaragoza 2008 dedicada al agua, la bendita agua, y al desarrollo sostenible. México y cerca de 90 países están presentes en la exposición mundial que concluirá el 14 de septiembre y que ofrece alrededor de 5 mil actividades, la participación de 2 mil expertos en temas relacionados con el vital líquido, 140 pabellones e instalaciones, como el acuario fluvial más grande de Europa y un monumental edificio en forma de gota. La capital aragonesa, a orillas del río Ebro, merece una visita obligada en estas vacaciones.

Julio y agosto son meses dedicados a los festivales artísticos como los que ofrece el ayuntamiento de Madrid a través de sus ya célebres “Veranos de la Villa”. Bajo un cielo espectacular podemos oír jazz en el Conde Duque, un antiguo cuartel militar hoy convertido en recinto cultural; o disfrutar de buen teatro o danza en El Matadero que, como su nombre lo indica, era el viejo rastro municipal. Hoy, para nuestra fortuna, ya sólo se mata el aburrimiento en este espacio reconvertido y rico en propuestas artísticas. ¿Se imagina usted escuchando música tradicional marroquí frente a unos impresionantes vestigios arqueológicos provenientes de Egipto? Esto es posible en el Templo de Debod, un parque ubicado en el corazón de la capital española durante las cálidas noches del verano madrileño.

Y mientras el cielo de la ciudad de México se cae a pedazos gracias a los aguaceros de la temporada, la Plaza Mayor de Madrid regala a sus visitantes – en un soleado fin de semana- una pequeña muestra de la rica gastronomía mexicana. Para quienes vivimos lejos del país, degustar un tamal de pollo en salsa verde o unos tacos al pastor (desde luego, sin la maña del taquero de toda la vida, en secuencia: piña+cebollita+carne y a la tortilla recién hecha) es todo un acontecimiento. La oferta de restaurantes mexicanos en España se ha incrementado con los años y la calidad de los platos típicos es extraordinaria. Ya dejamos de ser “tex-mex” para ser “mex-mex”, como afirma uno de los locales que brinda un vasito de tequila reposado por la módica suma de 3 euros (casi 50 pesos).

Las actividades veraniegas se intensifican a medida que sube la temperatura, especialmente aquéllas relacionadas con la vida en las terrazas y los bares que abren sus puertas de par en par para recibir a los sedientos turistas que saborean una “caña” (vaso de cerveza) o un vermú de grifo con pincho de escabeche. Según el Anuario Económico de España 2005, existen en el país 320 mil 953 bares, cafeterías y restaurantes, lo que supone uno por cada 135 habitantes en promedio. Dicen que en Madrid hay más bares que en Noruega. Cierto o falso, lo que sí hay es variedad. Hace unos meses, el escritor Moncho Alpuente publicó en la revista MADRIZ, un artículo especial sobre las tabernas del barrio de Malasaña. En él, escribía: “Ni los tsunamis inmobiliarios, ni las nuevas olas, ni las duras resacas de la represión en los años de plomo, pudieron con la secular institución de la taberna”.

En efecto, la vida cotidiana de los españoles no se puede entender sin la presencia del “bareto de la esquina”, la “tapa” o el aperitivo antes de la comida. Llueva, truena o relampagueé, se sale a la calle y se recuperan los espacios públicos y las plazas para instalar mesitas al aire libre. Muchas de esas tabernas tienen el encanto de las cantinas mexicanas, como La Ópera, La Puerta del Sol o El Nivel, en el centro histórico de la ciudad de México. Los bares madrileños como la Casa Camacho, La Copla o La Huevería son, al igual que sus hermanos mexicanos, tribuna filosófica o mostrador de gramática castellana. Para muestra, este cartel rotulado que puede leerse en uno de estos santuarios dedicados a Baco: “Prohibido cantar, bailar, blasfemar y hablar de política”.

Pasan los siglos, cambian las costumbres, pero sólo las tabernas y las cantinas permanecen como “guaridas de fantasmas”, apuntaría Moncho Alpuente.
¡Hasta la próxima y, como dicen por estas tierras, !buen verano!