La Casa de los Jáureguis 32

JAUREGUIEn el estrecho, tortuoso y desaparecido callejón de Mecateros, había una vieja casa de sillares grises. Llamaban a esta vieja casa “la de los Jáureguis”.

Fueron las dueñas de esta casona unas viejas señoras que hacían vida de recogimiento y de oración. Desde que llegaron a esta casa solían ver por las noches, a la hora del rezo, a un una señora alta, vestida de negro; en su pecho chispeaba un profuso joyel de piedras rojas, llevaba en una mano una vela encendida y con la otra mano apretaba contra su regazo un pequeño bulto. Finalizado el rezo; se levantaba y salía de la estancia. Sus pasos eran leves, inconsistentes, y más que si anduviera, parecia que se iba deslizando sobre el piso.

A las señoras les empezó a extrañar esa presencia enigmática
¿Quién era esa enlutada mujer?
Una noche la oyeron llorar con largos y lastimeros. Pocas semanas después abandonaron la casa y así quedó durante largos años.

Mucho tiempo después y debido a los derribos que se hicieron para a la apertura de la calle de 5 de mayo, se conocería la terrible historia que guardaba esta sombría casa.

Muchos años hacía que nadie habitaba la casa a que nos referimos; estaba ya ruinosa por el largo abandono. Al echar abajo un muro, apareció, entre él, emparedada, una rugosa momia de mujer. Sobre la cara, llena de pliegues hondos y negros, caía el pelo en largos mechones apolillados. Entre sus brazos resecos tenía el cuerpo de un niño, que era ya como una tosca maraña de raíces resquebrajadas. En su pecho, agrietado y áspero, titilaban sangrientos los rubíes de un afiligranado medallón de oro.

Pronto se sabría que en esta casa había vivido doña Inés de Jáuregui quien era una dama grácil, alta, afable, de largas manos blancas, de gran donaire y dueña de una gran fortuna que le heredaran sus padres.

Gracias a unas crónicas encontradas en un viejo archivo, se supo que durante una de las bellas fiestas que se llevaban a cabo en aquellos tiempos, conoció Doña Inés a un caballero lleno de destreza y arrogancia, Doña Inés de Jáuregui se embelesó mirándolo, se le fue el alma hacia él, con deleite. Muy pronto supo que se llamaba don Pedro Solares.

A los pocos meses llegó la alborozada fiesta de las bodas y todo fue felicidad. Pasaban los días en la cumbre del encanto pero, poco a poco, se empezó a descascarar esa dulcedumbre y aparecieron los caracteres tal y como son: el de ella dulce, pero tocado de enérgica obstinación; el de él, áspero, autoritario y cruel.

Don Pedro Solares siempre fue un libertino que sólo andaba en seguimiento de sus contentos y apetitos. El caudal que le dejaron sus padres se fue tras los vicios que llenaban su vida.

Le fingió amor, un gran amor, a doña Inés de Jáuregui, porque la supo bien heredada, y así fue como se casó con ella. Pero muy pronto le empezó a derrochar sus bienes engañándola con que el dinero que le pedía era para negociar y aumentarle la fortuna invirtiéndolo en la compra de tierras y casas. Así se le fue pronto casi todo su patrimonio y llegaron las disputas y los malos tratos para doña Inés, quien pasaba sus días llenos de tristeza y de lágrimas.

Les nació un niño, pensando en él, Doña Inés cerró para siempre la puerta a las exigentes peticiones de su marido, pues lo poco que le quedaba quería asegurarlo para el bien de su pequeño hijo. Don Pedro aumentó su rabia porque no tenía para sus amplios despilfarros. A los insultos y a las humillaciones, añadía furiosos golpes.

Una noche vio don Pedro que sobre el raso negro del vestido de doña Inés temblaba un medallón de rubíes. Quiso apoderarse de la preciosa joya y doña Inés se opuso. Hirvieron las malas palabras y estallaron los golpes. La amenazó con dar muerte al niño; ella corrió a apretarlo entre sus brazos de madre. Don Pedro, cegado por la rabia, la arrastró hasta una estancia en que ya estaba un hueco labrado en la pared.

Allí la metió a empellones, afianzándola al muro con cuerdas atadas en alcayatas para que no se saliese y empezó a emparedarla, cubriendo de piedras el hueco con violenta precipitación.

Doña Inés gritaba, con los ojos desorbitados, y él, lleno de furor, ni siquiera la veía; echaba argamasa y afianzaba piedras y más piedras.

Doña Inés estaba enronquecida de tanto gritar. Con ojos extraviados veía cómo iban subiendo y subiendo las hileras de piedras. Clamaba, desolada, que tomase don Pedro sus bienes, pero que le dejase la vida y don Pedro, sombrío, seguía alzando el muro con ciega furia. Que allí estaba el niño, que lo salvase, le suplicaba llorando doña Inés; y sus gritos, anhelantes, traspasados de angustia, no movían a piedad a don Pedro; sólo levantaban ecos precipitados en la profundidad del caserón desierto.

Las piedras le cubrieron el cuello y la boca, ya sólo se veía la cabeza, que se removía desesperada, queriendo salir a la vida. Quedó, por fin, tapiada doña Inés de Jáuregui. Se oía sólo como un lamento débil y apagado. Don Pedro resanó y enyesó el muro y olvidó a doña Inés y a su pequeño hijo. Ya no se escucharon los llantos tristes; un silencio de sueño, de reposo tranquilo, cayó blanda y dulcemente en toda la casa.

Don Pedro Solares se desenfrenó, áspero y sañudo, en sus vicios, al poco tiempo murió apuñalado en una mancebía de la calle de las Gallas sin el menor asomo de arrepentimiento…