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La Calle de la Alhóndiga

Por: Jesús Rodríguez

albEn memoria de la “Castaña redonda abultadita” que ennobleció mis tardes de infancia en la peluquería de la Santísima.

Alhóndiga es una palabra misteriosa, árabe como ella sola, que invita a descubrir múltiples escenarios que nos llevan a través de emocionantes y deliciosas historias dignas de una cultura rica y compleja como la nuestra. La calle, bautizada por nuestros abuelos españoles con este nombre, se encuentra en el añoso barrio de la Merced y representa una de las experiencias más ricas que uno se pueda permitir en la vida de esta ciudad; basta comenzar nuestro recorrido donde hace esquina con la calle de Guatemala y vislumbrar desde ahí la magnánima estampa del barroco desbordado que nos ofrece la fachada del templo de la Santísima Trinidad.

Caminar frente a uno de los mejores ejemplos de barroco estípite del siglo XVII emociona tanto que nos hace pensar que en nuestro trayecto estaremos acompañados de santos, ángeles, arcángeles y seres fantásticos que en un acto multisensorial y multidimensional seguirán nuestros pasos.

 

choniritoAl observar la impresionante fachada de este templo, cuya apariencia data del siglo XVIII, fíjese bien en la torre de campanario rematada con una tiara papal ¡esculpida en cantera! y, de paso, no pierda de vista la ubicación de la placa de nomenclatura que supera por más de dos metros nuestra actual posición; es sólo un pequeño recordatorio de que el sitio que habitamos se construyó sobre una cuenca milenaria cubierta por tierra, piedra y edificios desde el siglo XIV.

Seguimos nuestra caminata y, al atravesar el andador a desnivel que rodea el templo (cruce con la calle de Moneda y Zapata), nos encontramos con un tramo que es conocido amorosamente como: “la calle de Oaxaca en la ciudad de México”. Allí, entre chapulines, barro negro, mezcal, pan, unto, quesos, quesillos, hojas para tamal, cecina, tlayudas, chocolate, café, sorbetes, nieves con sabor a leche quemada,agua de chilacayota, y la ancestral bebida de maíz llamada tejate, podemos ser testigos de la valiosa herencia culinaria de nuestros antepasados y, al degustar el sabor de la nieve de tuna, entendemos su valor mitológico, mientras somos observados por sendas imágenes de barro negro de la virgen de Juquila y de Don Benito Juárez; de reojo, nos miran las imágenes de bulto en tamaño natural de un san Judas Tadeo y de la Buena Muerte, ambos venerados en la esquina de la Soledad.

cdalYa entrados en materia culinaria, qué mejor que visitar la tlacoyería El Perpetuo Socorro, ubicada en el número 22 de la calle de Santísima, considerada la más antigua de la ciudad. En este peculiar lugar se sirven los mejores tlacoyos ¡del mundo! acompáñelos con un rico café de olla servido en jarro, un boing de mango o un Mundet rojo y, por cierto, no deje de saborear el sublime y llenador pozole que ahí se sirve con chicharrón y aguacate los sábados y domingos. Una vecindad del siglo XVII, ingredientes originales y mujeres generosas amasandolos, bastan para transportarnos al México de Diego Rivera o de Fernando Figueroa. Y para el desempance: ¡hay que seguir caminando!

amaAcantl atravesar la esquina de la calle de la Soledad, no olvide observar las placas de nomenclatura del lado izquierdo ¿Dónde más una calle pudo haberse llamado en el mismo tramo “de la alegría” y “de la soledad”? creo que sólo en el México de Luis
Buñuel, de Agustín Lara o de André Bretón.

Llegamos a la Alhóndiga, al ancestral Cuescontitlán (donde están las trojes) de los mexica, esto nos lo va a recordar un puente simbólico que va a dar exactamente a una pequeña y conmovedora construcción del siglo XVII conocida como “la Casa del Diezmo” cuya vocación fue, por siglos, secar y almacenar los granos con los que se alimentaban los habitantes de la ciudad capital del virreinato de la Nueva España. Como los lugares tienen memoria, el continuar nuestra caminata por el hoy andador cultural (…sic) nos hará encontrarnos con establecimientos de granos, chiles secos y conservas, propios de otras épocas. Camine con precaución, ya que puede encontrarse con un personaje de la legendaria revuelta de 1692 que inició debido a la exigencia de maíz por parte de la población que, finalmente, acabó incendiando el palacio virreinal y el del ayuntamiento.

En este tramo, que da origen al nombre de la calle, mire hacia su izquierda y disfrute el puente que ahí se encuentra como testimonio de lo que fue, durante casi quinientos años, el embarcadero más importante de la vida indígena y mestiza de la ciudad, admire las sencillas fachadas con sus diminutos nichos, los comercios con letreros que entre granos dicen: “Ya tenemos cristales Swarosky para uñas!!! ¿Qué quiere? somos sincréticos por naturaleza.