Las fiestas reales en la Plaza Mayor

fiestaEl año de 1538, el rey de España, Carlos V, había ido a Francia y el rey de Francia, Francisco I, le había hecho gran recibimiento en el puerto de Aguas Muertas, donde se hicieron las paces y se abrazaron ambos; y en el mismo año se supo en México tal sucedido, y con ese motivo, el conquistador Hernán Cortés y el virrey Antonio de Mendoza, celebraron inusitadas fiestas, como se verá por la relación que de ellas hizo Bernal Díaz del Castillo, en el texto autentico de su “Historia Verdadera”.

Fueron tan grandes y aparatosas esas fiestas, que el mencionado cronista asegura que otras semejantes nunca las vio en Castilla, así de fiestas y juegos de cañas, como de lidias de toros y graciosas mascaradas.
La Plaza Mayor fue trasformada en un bosque, y con aves y cuadrúpedos se improviso una cacería, en la que tomaron parte escuadrones de indios, unos con “garrotes añudados y retuertos”, otros, con arcos y flechas; y todos lo hicieron muy bien, en el soltar los brutos y los pájaros y en la puntería acercada al matarlos; y muchas de las personas que vieron aquella y que habían andado por el mundo entero, confesaron no haber visto tanto ingenio y habilidad.

 

fiestaPero aparte de la cacería y de la farsa que en el mismo lugar se representó al día siguiente, simulando la toma de la ciudad de Rodas, de la que hablaré después, entre los festejos figuraron dos opíparas cenas, que dieron, respectivamente, Don Hernán Cortés y Don Antonio de Mendoza, el primero en su palacio y el segundo en las Casas Reales.

De la cena ofrecida por Mendoza quedan curiosos pormenores, conservados también por el ingenuo cronista. Los corredores de las Casas Reales se adornaron “como vergeles y jardines, entretejidos por arriba de muchos árboles con sus frutos que nació de ellos; encima de los árboles había muchos pajaritos de cuantos pudieron haber en la tierra”. Se hizo a la vez una copia de la fuente de Chapultepec, tan al natural como era, con sus manantiales propios; y cerca de la fuente, “estaba un gran tigre atado con unas cadenas, a la otra parte, un bulto de hombre, de gran cuerpo, vestido como arriero, con dos cueros de vino”.

Las mesas de la cena, en la que se sentaron más de quinientos invitados, aparecieron suntuosamente adornadas, y todo el servicio era de oro y plata; al mismo tiempo que se comía, se cantaba y se tocaban músicas de toda especie de instrumentos, trompetas, harpas, vihuelas, flautas, dulzainas, chirimías, y tocaban especialmente cuando los maestresalas servían las tazas que llevaban a las señoras. Hubo a la vez truhanes y decidores, que dijeron en loor de Cortés y de Mendoza cosas de mucho reír, pero algunos de ellos, ya beodos, hablaban de lo suyo y de lo ajeno con tal escándalo, que los tomaron por fuerza y los llevaron de allí para que callasen.

El “menú” que diríamos hoy, fue tan copioso y tan nutritivo, que a pesar del vigor y glotonería de los estómagos de aquellos hombres de hierro del siglo XVI y de sus damas, que no les iban en zaga, muchos platillos se pasaron por alto; y se comió tanto que, habiendo durado la cena desde el anochecer “hasta dos horas después de media noche”, llegó un momento en que las señoras daban voces, diciendo que no podían estar allí más, y otras se acongojaban y por necesidad hubo que levantarse.

Y no podía ser de otra manera, pues he aquí el espantable “menú”:

Ensalada, de dos o tres maneras
Cabrito y perniles de tocino asado a la genovesa.
Pasteles rellenos con palomas y codornices.
Gallos de papada (vulgo “guajolotes”) y gallinas rellenas.
Manjar blanco.
Pepitoria.
Torta Real.
Pollos y perdices de la tierra y codornices en escabeche.

Al llegar a este platillo, dos veces se alzaron los manteles -¡que tal estarían de sucios!- y fueron sustituidos por otros limpios, con las dotaciones correspondientes de “pañizuelos” o servilletas e inmediatamente continuo sirviéndose lo que sigue:

Empanadas rellenas de diversas aves de corral y de caza.
Empanadas de pescado.
Carnero cocido con vaca, puerco, nabos,
coles y garbanzos.
Gallinas de la tierra (vulgo “pípilas”),
cocidas enteras, con los picos y pies plateados.
Anadones y ansarones enteros, con los picos dorados.
Cabezas de puerco, de venado y de ternera enteras.

Entre plato y plato tomaban aquellos glotones, ya casi congestionados, frutas de todas clases que estaban en las fuentes, así como aceitunas, rábanos, quesos, cardos, mazapanes, almendras, confites, acitrones y otros géneros de azúcar de Indias: “aloja”-mezcla de agua, miel y especias- cacao frío con espuma y “clarea”, esto es, vino blanco endulzado con azúcar y perfumado con canela o con otras cosas aromáticas.

La mesa de honor tenía dos cabeceras muy largas y en cada una tomaron asiento, respectivamente, Don Hernando Cortés y Don Antonio de Mendoza, con sus maestresalas y pajes “y grandes servicios con mucho concierto”, y en esta mesa, a las “señoras más insignes” les llevaron “unas empanadas muy grandes y en algunas de ellas venían dos conejos vivos chicos y otras rellenas de codornices y palomas, y otros pajaritos vivos…”

Sirvieron estas empanadas en un solo acto, y quitadas las cubiertas, huían los conejos por las mesas y las aves volaban en medio de las risas, gritos y burlas de los presentes.

Muchas señoras de los conquistadores y de vecinos de México, estaban en las ventanas de la Gran Plaza -así la designa Bernal Díaz- luciendo sedas, damascos, oro, plata y mucha pedrería; y en otros corredores -en las altas galerías de los edificios del siglo XVI- estaban las damas “muy ricamente ataviadas, a quienes servían galanes muy corteses; y a unas y a otras, las de las ventanas y los corredores, les obsequiaban mazapanes, alcorzas de acitrón, almendras y confites; y unos mazapanes llevaban las armas del Marqués del Valle y otros las del virrey de Mendoza, muy dorados y plateados y algunos con mucho oro. Hubo otras conservas, frutas, vinos de los mejores, aloja, chaca, cacao con espuma y suplicaciones; todo esto servido en vajillas de oro y plata; yéndose después todos a sus casas, muy regalados y alegres” porque todavía se representaron nuevas farsas y se dijeron chistes; y nadie se cansaba con aquellas fiestas, tanto que hubo el tercer día nuevas corridas de toros y juegos de cañas, y en estos juegos le dieron “tal cañazo” a Hernán Cortés en el empeine de un pie, que estuvo cojo y malo mucho tiempo…