Palacio del Marqués de Selva Nevada

Jorge J. Jesús Carrillo

En el número 9 de la antigua “Calle de la Cadena” (Venustiano Carranza 49), se encuentra El Palacio del Marqués de Selva Nevada.

En 1535, vivió en este sitio el factor de origen indígena don Antonio de la Cadena.

El título de Marqueses de Selva Nevada les fue otorgado por Carlos III en 1777 a don Manuel Rodríguez de Pinillos y López Monteros y a su esposa Antonia Gómez Rodríguez de Pedroso, caso único en el que se concedió simultáneamente al marido y a su esposa. Don Manuel Rodríguez de Pinillos y López Monteros ostentaba ya el título de Vizconde de San Miguel.

Al enviudar la marquesa, ingresó voluntariamente en el convento de Regina Coeli. En donde tuvo que vivir provisionalmente en una celda a la que ella definió como “un aposentillo infestado de chinches” entre el 18 de diciembre de 1797, cuando tomó los hábitos y el 24 de marzo de 1798, fecha en la que el arquitecto valenciano Manuel Tolsá terminó su majestuosa celda neoclásica, iniciada en 1797 y que aun se conserva aunque modificada y que es utilizada como restaurante escuela.

Posteriormente, ingresó al convento de monjas carmelitas descalzas llamado de las Teresas en Querétaro con el nombre de Sor María Antonia de los Dolores, convento cuya construcción financió totalmente.

Además, trató de construir dos conventos carmelitas en San Miguel el Grande (hoy San Miguel Allende) y en Valladolid, hoy Morelia, para lo cual solicitó proyectos al propio Tolsá, pero que desafortunadamente, nunca se realizaron, debido al fallecimiento de la emprendedora marquesa.

Entre sus descendientes ilustres destacó la segunda marquesa, que heredó el mayorazgo de Sicilia, entre cuyos bienes se encontraban grandes terrenos que bordeaban la antigua Calzada de Tacuba, actualmente conocida como avenida Puente de Alvarado. Ella compró para su hijo el título de Conde de Buenavista y mandó construir para él un monumental palacio neoclásico en dichos terrenos (actualmente Museo de San Carlos), cuya fábrica encomendó al escultor y arquitecto neoclásico Manuel Tolsá.

En la Ciudad de México los acaudalados marqueses de Selva Nevada residieron en un elegante palacio barroco que seguramente fue concluido en 1753, fecha que se encontraba en uno de los arcos del patio.

De acuerdo con el inventario realizado después de la muerte de la marquesa, el interior del palacio debió ser suntuoso, compuesto por muebles y objetos de de gusto barroco. Resulta curioso que, a pesar de llevar una estrecha relación con el arquitecto Manuel Tolsá (detractor del estilo barroco), la marquesa no cambió la decoración de su palacio al imponerse el estilo neoclásico en la Nueva España, como ocurrió en la mayoría de las residencias novohispanas.

Abandonado por los marqueses, se modificó todo el interior a finales del siglo XIX. Fue entonces cuando se le agregaron los pisos superiores y se adaptó el interior para el Hotel Mancera, dedicado al insigne Gabriel Mancera (1839-1925), diputado al Congreso de la Unión en 1867, senador en 1882, constructor del ferrocarril de Hidalgo y del Noreste, así como numerosas obras de beneficencia. Incluso obsequió en 1888 a la ciudad de Pachuca el Reloj Público que se encuentra en la Plaza Principal. Don Gabriel Mancera adquirió la propiedad de a tercera Marquesa de Selva Nevada Soledad Gutiérrez de Rivero

El palacio del cual se desconoce el nombre del arquitecto, fue levantado originalmente en solo dos plantas de gran altura, que debieron darle una gran presencia. Característica que comparte con las casas o palacios del Conde de Regla y de los Condes de Santiago de Calimaya.

En su asimétrica fachada barroca, los paños están recubiertos de rojo y aterciopelado tezontle que resalta el color gris de los marcos de cantera de puertas y ventanas. En la parte inferior se ubicaban algunas accesorias.

Al patio principal se ingresaba por un alto portón de madera. La fachada del primer piso ha perdido parte de su altura por el hundimiento, quedando bajo el nivel de la acera el alto guardapolvos y las bases de las pilastras.

En el piso superior, no sabemos si los austeros barandales forjados son originales.

Los enmarcamientos de los vanos fueron acabados a base de jambas en forma de pilastras de tablero corrido que se prolongan hasta la primera cornisa y soportan los dinteles decorados con guardamalletas.

La planta noble se compone en forma similar, con acento en el ritmo de sus altos balcones, pero las pilastras son estriadas y los fragmentos de entablamento bajo la cornisa se enfatizan con resaltos de origen clásico, similares a las metopas.

Al transformarse en hotel y modificarse todo el interior y agregarse los pisos superiores se perdió el escudo nobiliario que debió ostentar en la parte sobre el acceso principal. También desaparecieron los pretiles ritmados por almenas en forma piramidal.

Afortunadamente, se conservó la crujía frontal de la construcción del siglo XVIII, en cuyos salones aun se pueden observar techumbres originales.

Los dos pisos superiores se realizaron de acuerdo con los ritmos compositivos del viejo palacio, utilizando las formas y materiales semejantes a los originales.

Del magnífico patio de altísimas arquerías, de su segundo patio de servicios, del pequeño huerto que existía al fondo de la construcción y de las crujías interiores que albergaban las lujosas habitaciones de los marqueses nada fue preservado cuando en su lugar se levantó una construcción de acero y cemento armado, que hizo desaparecer para siempre la mayor parte de sus vestigios monumentales.

En el interior se alojan dos famosas cantinas: “La Faena” con decoración taurina y el Bar Mancera, ambos considerados entre las cantinas tradicionales más antiguas de la Ciudad de México.