Casa del Marqués del Prado Alegre

Jorge J. Jesús Carrillo

En una de las esquinas formadas por las antiguas calles de San Ignacio y Callejón de Santa Clara (Francisco I. Madero y Motolinia), se encuentra uno más de los maravillosos palacios que embellecieron las calles de la capital de la Nueva España.

Conocido como la “Casa del Marqués de Prado Alegre”, este magnífico palacio fue construido en el siglo XVIII y tiene como rasgo particular una piedra labrada prehispánica colocada en la esquina, que de acuerdo con la opinión de algunos especialistas, debió pertenecer a algún edificio o templo indígena de la ciudad de Tenochtitlan. Tiene forma cuadrada y presenta varios anillos concéntricos, uno de ellos formado por plumas y alrededor cuatro círculos dobles en los ángulos, semejante al glifo que representaba a la población de Chalco. Al centro de la piedra fue labrada posteriormente la fecha 1725, que parece ser la fecha de la construcción del edificio.

El propietario de esta magnifica casa fue don Francisco Marcelo Pablo Fernández, quien al parecer, adquirió la casa comprándola al convento de la Encarnación en 1764.

Don Francisco, recibió el título de Marqués de Prado Alegre por acta de cabildo del 1 de febrero de 1773, además, de haber ocupado el puesto de regidor del Ayuntamiento de la Ciudad de México.

Se dice que se distinguió por su interés en impulsar el uso de técnicas prehispánicas en la orfebrería.

Como anécdota, se cuenta que el Marqués fue uno de los protagonistas de la curiosa leyenda del Callejón de la Condesa, que nos narra que:

“Un día, dos  fastuosos carruajes en los que viajaban dos importantes caballeros entraron por los extremos del callejón formado por los palacios de Santa Fe de Guardiola y de la Casa de los Condes del Valle de Orizaba (Casa de los Azulejos).

Al llegar al centro del callejón se encontraron frente a frente y no queriendo ninguno de los dos cederle el paso al otro, se hicieron de palabras, decidiendo quedarse en el sitio sin mover sus carruajes por varios días.

El caso comenzó a ser tan mencionado en toda la capital de la Nueva España que llegó a los oídos del virrey quien trató de convencer a ambos caballeros para permitir el paso de alguno de los dos. Ante la negativa de los dos personajes, el virrey en persona en persona acudió al callejón y para evitar mayores problemas entre ellos les ordenó a los dos caballeros que al mismo tiempo dieran marcha atrás volviendo a salir del callejón y acabar el problema en forma salomónica”.

Desafortunadamente, no existen suficientes datos gráficos o bibliográficos sobre el edificio, que fue brutalmente modificado hacia la década de los sesenta, en aras de modernizarlo e integrarlo a la vida contemporánea con nuevos usos acordes al siglo XX, convirtiéndolo en el pasaje Pimentel y dividiéndolo en numerosos (comercios y oficinas), perdiendo toda la riqueza espacial interior que debió convertirlo en un excelente ejemplo de arquitectura palaciega barroca novohispana.

Su magnífica ubicación al centro de la calle de más abolengo de la ciudad y el título y cargos que ocupará su propietario, nos indican que su interior debió ser igual de rico y ostentoso que el resto de los palacios de la ciudad. Tenia las mismas características que el resto de los palacios: tres niveles, planta baja de uso comercial al frente con numerosas y amplias accesorias y servicios en la parte interior, entresuelo ocupado por el administrador y el piso noble, en el que vivía la familia.

Sí contaba con autorización de la corona española para colocar su escudo familiar en la portada de su casa, debió contar en su interior con un salón del dosel, además, de un salón del estrado, sala de asistencia, cocina, habitaciones familiares y de servicio y también dos patios, uno principal y uno de servicio en el que se encontraban las caballerizas y el pajar entre otras habitaciones más, como en todos los palacios de la ciudad.

Sus fachadas, aunque modificadas en la planta baja, todavía conservan sin alteraciones los niveles superiores, que están compuestas por numerosos balcones con barandales de hierro forjado y marcos entablerados de cantera. Los muros están recubiertos de poroso tezontle que aparentan ser de suave terciopelo color vino.

En la fachada principal sobresale la portada labrada en cantera gris. El acceso al palacio se realiza a través de un alto vano adintelado, con un recio portón de madera de casi dos niveles de alto, enmarcado por pilastras y un tablero central en el que aparece un angelito a manera de atlante que parece sostener una gran peana que se convierte en la base curva en la que se apoya el balcón central y arriba de éste el escudo de la familia.

Toda la fachada está rematada por gárgolas de cantera y metal y luce en la esquina un nicho colocado en el siglo XX, que aloja una imagen de la Virgen de Guadalupe y que con seguridad debió pertenecer a otro edificio colonial.

Su estratégica ubicación en la calle de Madero, uno de los dos accesos más importantes al Centro Histórico, fue uno de los motivos para que se interesara en él, una cadena de hamburguesas que afortunadamente, entendió la importancia arquitectónica e histórica del inmueble y acató las disposiciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia, respetando la normatividad vigente para el Centro Histórico de la Ciudad de México, tanto en el interior como en el exterior del edificio, evitando poner en su fachada elementos característicos de la cadena de hamburguesas referida.

Este palacio, fue declarado monumento el 25 de febrero de 1932.
Su fachada ha sido restaurada en varias ocasiones, principalmente en la década de los 60 y los 90.