Los maniquies del centro

Desde hace años se encuentran en algunos balcones y ventanas, inmóviles, desteñidos, siempre solos ven pasar los días y las noches, la vida y la muerte de este nuestro Centro Histórico…

Algunos lucen un vestidito de primera comunión, que en un momento fuera blanco, y que a estas alturas es casi negro de tanto polvo y tiempo. Otros son jóvenes y fuertes obreros que, con pala en mano, se aprestan a realizar el duro trabajo cotidiano. Y las mujeres… las hay de todas las edades desde pequeñas niñas hasta elegantes damas eternamente jóvenes ataviadas con sus, otrora exquisitos atuendos, hoy raídos por el tiempo y la intemperie; sus joyas de bisutería han perdido el brillo; sus cabellos se les han ido con el viento; sus ojos, como pozos, están llenos de lodo y nostalgia por todo lo que han visto pasar sin haberse quedado con nada.

Son los maniquíes del centro que, como centinelas del tiempo, permanecen impávidos ante la infinidad de acontecimientos que suceden cada día frente a ellos.

Estas curiosas figuras, siguiendo una extraña costumbre sólo vista en esta zona de la ciudad, fueron colocadas, desde hace años, en ese mismo lugar y hoy ya forman parte del paisaje y de algunas fachadas del Centro Histórico.

En algún momento de su existencia fueron usados para promover algún producto: hoy solo son promotores de la nostalgia y el olvido.

Su panorama siempre ha sido el mismo; la esquina de Venustiano Carranza y el Carmen; Zapata y Academia, el Salvador y Cruces, Circunvalación...

¿Qué tanto puede pasar en una esquina?, todo, la vida misma…

Estos personajes urbanos han visto, como en una cámara fija, dramáticas transformaciones; el deterioro y la rehabilitación de importantes inmuebles; han registrado, en la vitrina de enfrente, como ha ido cambiando la moda; la falda que sube y baja; el cabello que va de lacio a chino, de largo a corto, de un color, de varios; el éxito y la decadencia de importantes comercios; han conocido a todos los dueños de la tienda de enfrente y a su descendencia. Han visto con asombro como, de un día para otro, la señora se hace cargo del negocio y, dándole un vuelco a la vida, rejuvenece y se transforma y pasa de ser “la pobre viuda” a ser el “atractivo de la cuadra”.

Se han enterado que aquel joven provinciano que un día tendió una manta en la banqueta de abajo para vender retacería de telas, es hoy un potentado y arrogante empresario textil.

¡Cuantas miradas de empleaditas de mostrador ilusionadas por cobrar su sueldo para poder comprar un vestido como el que portaba el maniquí!

¡Cuantas familias comprando el vestido de la jovencita próxima a festejar sus XV años! ¡Cuantas parejas haciendo cuentas para ajustar el raquítico presupuesto al capricho de la novia ilusionada! ¡Cuantas historias tejidas alrededor estos “personajes” del Centro!

Si pudieran hablar nos platicarían la historia misma de esta ciudad, la historia que se teje con el día a día, la que no consignan los libros pero que se vive minuto a minuto, nada menos que la historia de la vida cotidiana de la ciudad, la que, como si fuéramos uno, escribimos entre todos…