Palacio del Marqués del Apartado

Jorge J. Jesús Carrillo

Corría el año de 1524, cuando por instrucciones de Hernán Cortés, se inició la traza de la Ciudad de México sobre los restos de la destruida Tenochtitlan. Las nuevas manzanas fueron divididas en amplios solares repartidos entre los conquistadores más destacados.

 

Al conquistador de apellido Acevedo, fundador de un mayorazgo muy importante durante los siglos XVI y VII le correspondió el solar ubicado en la esquina formada por las calles del Relox y Cordovanes (Rep. de Argentina y Donceles), inmueble que con el pasar de los años, pasó a manos de diferentes propietarios. En siglo XVIII fue adquirido por el coronel don Francisco Fagoaga y Arozqueta, que ostentaba los títulos de Vizconde de San José y Marqués del Apartado, este último concedido en 1772 por Carlos III, además, de ser funcionario de la Casa de Moneda.

Don Francisco, era el funcionario que se hallaba a cargo del proceso de separación del oro y de la plata y encargado también de recabar el “Quinto Real” del metal extraído de las minas (impuesto de 20% establecido por el rey de España en 1504 sobre toda la riqueza metálica (metales como el oro, plata y piedras preciosas o joyas) conseguida de las colonias de América de acuerdo con los derechos económicos que los particulares debían pagar a la corona, que a pesar de haber sido establecido por tan solo 10 años, permaneció durante todo el virreinato.

Para proyectar su fastuoso palacio, el Marqués contrató al renombrado arquitecto valenciano Manuel Tolsá, quién lo construyó entre 1795 y 1805.

Esta señorial mansión fue ofrecida en 1821 al monarca español Fernando VII, en caso de aceptar un plan imperial a su favor o para alguno de sus familiares y según el cual, México se independizaría de España, pero gobernada por el propio rey o por un príncipe heredero. Sin embargo, este proyecto no prosperó.

El segundo Marqués José María Fagoaga y Leizaur, participó en la famosa conspiración de los “chaquetas” (por los trajes que usaban) que destituyeron al virrey José de Iturrigaray. En 1821 fue uno de los firmantes del Acta de Independencia. En 1828 fue expulsado junto con otros españoles y en 1832 nombrado Ministro de Relaciones de México.

El tercer Marqués Francisco Fagoaga, sufrió de un serio revés de fortuna en 1841 y tuvo que ceder la casa a sus acreedores, incluidas la biblioteca y una importante colección de pinturas formada durante sus largos viajes por Europa, considerada entonces la mejor de México.

Bien entrado el siglo XIX la mansión fue propiedad de Cayetano Rubio, uno de los introductores de la industria textil y más tarde fue ocupada por Isidoro de la Torre, hombre de negocios dedicado a la extracción de mineral en los yacimientos de Real del Monte y Pachuca. Años después, pasó a manos de su hijo Ignacio de la Torre y Mier, esposo de Amada Díaz, hija del general presidente Porfirio Díaz. Por último, la residencia fue adquirida por Antonio Mier, quién al parecer fue uno de los últimos propietarios particulares del inmueble, pues a finales del siglo XIX fue comprado por el gobierno federal.

Porfirio Díaz entregó la casa a la Secretaría de Justicia e Instrucción Pública; que al dividirse el 16 de mayo de 1905, pasa a formar parte de la Secretaría de Instrucción Pública.

Sin embargo, el mal estado en el que se encontraba el palacio, llevó a las autoridades a pensar en su demolición, ya que la estructura se hallaba totalmente fracturada por los restos arqueológicos existentes debajo de sus cimientos. Afortunadamente, se tomó la decisión de reconstruirlo con un proyecto realizado por el ingeniero militar Porfirio Díaz, hijo del entonces presidente.

Al concluir la lucha revolucionaria, Álvaro Obregón destinó en 1924 el edificio a la Lotería Nacional, que la cedió en 1929 a la Secretaría de Industria, Comercio y Trabajo (que cambió su nombre en 1947 por el de Economía Nacional y lo volvió a cambiar en 1959 por el de Industria y Comercio), ocupando el inmueble hasta 1961, año en que la Compañía Nacional de Subsistencias Populares CONASUPO, lo adquirió y realizó algunas obras de restauración y adaptación.

Actualmente forma parte del Patrimonio de la Secretaría de Educación Pública.

El palacio es un ejemplo notable de la arquitectura neoclásica y está considerado junto con el Palacio de Minería y la Casa del Marqués de Buenavista dentro de los ejemplos más importantes de la obra desarrollada en la Ciudad de México por Manuel Tolsá.

La monumental fachada de tres niveles realizada en cantera es de gran sobriedad, esta compuesta por un cuerpo central formado por cuatro columnas dóricas en las que se apoya un gran frontón triangular y rematado por una balaustrada corrida, semejante a la que utilizó en el Palacio de Minería y la Catedral Metropolitana.

Desgraciadamente, a principios del siglo XX, el ingeniero Porfirio Díaz modificó sustancialmente la estructura y el interior del palacio, reconstruyó el patio con corredores perimetrales, cambio la disposición de las estancias originales y sustituyó la viguería de madera de entrepisos y techos por bovedillas metálicas.

Afortunadamente, las fachadas fueron respetadas en su concepto general con algunos cambios que no le restan belleza al edificio.

Sin embargo, el edificio perdió su dimensión original al ser fraccionado. Del patio de servicio solo subsisten algunos arcos en los edificios colindantes.

El palacio está construido dentro de lo que fueran los límites del recinto ceremonial de Tenochtitlan. En los diversos trabajos de reestructuración que se han realizado en su interior se han encontrado debajo de sus cimientos importantes vestigios y piezas arqueológicas, entre los que destacan parte del basamento de un adoratorio indígena, cuyas escalinatas pueden observarse en un pozo arqueológico ubicado en el patio central, además de un ocelote y un águila cuauhxicali que pueden admirarse en la Sala Mexica del Museo Nacional de Antropología e Historia y en Museo del Templo Mayor respectivamente.