Palacio del Conde de Regla

Jorge J. Jesús Carrillo

En el número 59 de la Calle de República de El Salvador, junto al antiguo Oratorio de San Felipe Neri, se encuentra una bella casona barroca abandonada conocida como la “Casa del Conde de Regla”.

 

Esta majestuoso palacio, perteneció a don Pedro Romero de Terreros, quién nació en 1710 en un poblado de Huelva en España. Siendo muy joven, vino a México a hacerse cargo de algunos bienes que le heredó su hermano. Además de hacerse cargo de los negocios de su tío Juan Vázquez en Querétaro. Llegó a ser alcalde, alférez real y alguacil mayor.

Junto con José Alejandro Bustamante y Bustillos, obtuvo la concesión para explotar las minas de Real del Monte. En 1752, descubrió la Veta “La Vizcaína”, la cual lo convirtió en uno de los hombres más ricos de la colonia.

Precisamente, fue en sus minas, donde se efectuó la primera huelga de la historia de México, que duró varios años y que fue sofocada con el apoyo virreinal.

A los 46 años, contrajo nupcias con doña María Antonia Micaela Josefa Trebuesto y Dávalos Bracamonte, hija legítima del Conde de Miravalle, con la que procreó cinco hijas y tres hijos.

El rey Carlos III, le concedió a don Pedro Romero de Terreros el título de Conde de Regla en 1768. El nombre de Regla lo eligió él mismo, debido a que era muy devoto de la Virgen de Regla, imagen muy venerada en Chipiona al sur de España.

Fue investido con la Orden de Calatrava en grado de Caballero, en la que ingresó sin presentar las pruebas de nobleza de sangre; debido a que como un caso excepcional, el rey ordenó que no le fueran requeridas “en atención a los altos méritos que poseía y los grandes servicios prestados a la corona”.

Entre las numerosas obras públicas y de beneficencia en las que participó, se cuenta el enorme apoyo a la iglesia católica y en forma especial a los misioneros de la Propagación de la Fe (particularmente para la conversión de los indígenas en Coahuila). También, auxilió con grandes cantidades de dinero a los virreyes De la Croix y Bucareli y regaló al rey Carlos III un navío de guerra, que fue bautizado con el nombre de Conde de Regla.

Interesado en ayudar a la gente necesitada, fundó en 1775, el Sacro y Real Monte de Piedad de Ánimas de la Ciudad de México sin ningún fin de lucro.

Además de fundar tres mayorazgos para sus hijos varones, sus descendientes emparentaron con las familias más importantes de la Nueva España. En su familia se reunieron el mayor número de títulos de Castilla en la Nueva España, que los convirtieron en los terratenientes y propietarios de minas más prósperos y acaudalados al declinar el periodo virreinal.

Don Pedro Romero de Terreros falleció en su hacienda y Real de Minas de San Miguel Regla en 1781, dejando una cuantiosa fortuna que incluía 40 haciendas.

En 1764, los condes compraron al Convento de Monjas de San Bernardo una propiedad contigua al Oratorio de San Felipe Neri, en la que construyó un magnífico palacio, que sobresalía de otros por el especial interés que pusieron sus propietarios en el adorno y la distinción en la ornamentación de cada uno de sus espacios con innumerables objetos de plata.

Considerado el palacio más suntuoso de la Nueva España en el siglo XVIII, se dice que, salvo el Palacio Virreinal, ningún otro palacio tenía tantos objetos de plata cincelada incorporados a la decoración como la Casa del Conde de Regla, por lo que era conocida como la “Casa de la Plata”.

El palacio fue resuelto originalmente en dos plantas (característica que compartía con la Casa de los Condes de Santiago de Calimaya).

A diferencia de los palacios novohispanos, este palacio no contaba con accesorias abiertas a la calle, es decir que la única comunicación entre el palacio y la calle era a través del alto y recio portón de madera decorado con chapetones metálicos.

En su fachada barroca de tezontle y cantera labrada, sobresalen sus vanos con medallones en sus dinteles y la herrería de sus balcones forjada con decorativos corazones encontrados. Las ventanas de la planta baja eran tan altas como el portón de acceso.

En la planta baja se ubicaban diferentes servicios, caballerizas, cocheras y enormes bodegas en las que se almacenaban grandes cantidades de barras de plata traída de sus minas, dichas bodegas solo tenían acceso por el interior del palacio.

En la planta noble, se encontraban las diferentes habitaciones utilizadas por la familia y sus invitados.

De acuerdo con algunos datos encontrados en diversos documentos es posible enlistar los espacios que formaban la planta noble: el Salón del Sitial o del Dosel, el Salón del Estrado, Antesalas, Recámaras, Vestidores, Capilla, Cocina, Comedor, Repostero, Vajillero, Archivo, Escritorio o Despacho, Letrinas y Placeres que rodeaban al Patio Principal y al patio de servicio, además de la monumental escalera y los anchos corredores con sus barandales de hierro forjado.

Los pisos de los patios eran de recinto, la escalera estaba decorada con un colorido rodapié de azulejos y en uno de sus muros había un gran cuadro de la Virgen de los Dolores. Los techos eran de viguería de madera.

Sobre el lujoso mobiliario que decoraba el palacio se tienen los datos de un inventario realizado en 1782, al año siguiente de la muerte del conde, cuya descripción nos permite imaginar el lujo en el que vivía la familia, como ejemplos podemos detallar las siguientes habitaciones:

-Salón del Dosel o del Sitial. Sitial precedido por el retrato de Carlos III con marco de plata; diez láminas de cobre con escenas de la vida de Cristo con marcos de plata; seis pantallas de plata; dos candiles de plata de dieciséis arbotantes; dos tibores de china sobre taburetes forrados de láminas de plata cincelada; dos docenas de taburetes en blanco y oro y cuatro repisas con sus goteras. La sala se encontraba tapizada en damasco de Italia carmesí y en sus extremos corrían galones y flecos de hilo de oro.

-Oratorio. Sotabanco del altar en plata cincelada; altar colateral de reliquias, con doscientas setenta y dos piezas; frontal de plata cincelada; óvalos de plata que contienen imágenes bordadas; candil de dieciséis arbotantes; seis pantallas de plata; ocho ramilletes de plata; mesa de tres cajones con ornamentos; el techo, pintado como celaje con el sol y la luna y buen número de figuras de talla, pinturas de santos y copiosa orfebrería litúrgica, que contaba de acuerdo al avalúo con más de 70 piezas de plata, plata sobredorada y piedras engarzadas.

-Recámara de la Condesa. Se encontraba tapizada con papel pintado de China, colocado sobre un alto rodapié jaspeado; la cama de pilares, que sostenía un dosel en madera dorada, tenía cortinajes de seda; seis antepuertas o cortinas de damasco carmesí; una gran mampara pintada; un gran nicho de ébano con la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe en marfil y otro con un nacimiento en marfil y plata; multitud de cuadros y figuras religiosas; dos pantallas de plata; un ropero de caoba taraceada fileteado en oro; un biombo rodastrado en damasco de Italia; siete taburetes y una mesa de madera de granadillo.

-Sala que servía de recámara al Conde. La presidía la cama de columnas pintada de verde con cabecera encarnada; seis cortinajes de damasco carmesí; un gran lienzo de San Pedro; cuatro óvalos con pinturas religiosas en marcos dorados; un espejo de marco dorado y tallado; dos cajas grandes de lináloe (probablemente chinas) para la ropa; diecinueve taburetes de nogal; un biombo de laca de China dorado.

El tercer piso fue agregado por el conde a finales del siglo XVIII, después de visitar la obra del palacio de Jaral de Berrio, que se estaba construyendo junto al convento de San Francisco, en cuya azotea se construía una logia superior que alojaría salones de esparcimiento y áreas para celebrar reuniones al aire libre.

El tercer nivel siguió la composición del piso noble y en él se ubicaron salas de juego, música y esparcimiento, además de una galería abierta que permitía disfrutar en las calurosas tardes primaverales de la vista del huerto, las cúpulas del Oratorio de San Felipe Neri, la ciudad y su paisaje lacustre enmarcado por las montañas y volcanes que la rodean.

Al construir el tercer nivel se tuvo que retirar el escudo nobiliario labrado en cantera que coronaba la fachada.

En 1928, el palacio fue demolido casi totalmente, en su fachada, las ventanas de las bodegas en planta baja fueron abiertas para ser convertidas en accesorias comerciales.

Confiamos en que muy pronto, algún amante de la historia y la arquitectura o alguna institución interesada en la cultura, rescate del abandono lo que queda de éste que fuera considerado en su momento el palacio más lujoso de la Ciudad de México.